De qué se trata esto?

Mostrando entradas con la etiqueta periodismo psiconáutico. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta periodismo psiconáutico. Mostrar todas las entradas

miércoles, 14 de julio de 2010

Sesión 01 07 2010

Tras casi seis meses de pausa, me siento medio perdido y estancado, y arreglo una sesión con Alicia.
El día anterior tengo una charla con Luc, le cuento que me aburro, que estoy medio harto de todo.
Me pregunta espontáneamente “¿a vos lo lúdico te sale solamente cuando hay chicos cerca, no?”.
Con la claridad con que se ve lo que siempre estuvo ahí respondo, sorprendido, que si.
La idea me queda picando todo el día.

El reencuentro con Alicia es un poco tenso, lo primero que hace es volver a criticarme, básicamente, todo.
Recuerdo que por esto me fui meses atrás. Pero en los últimos días vengo tomando overdosis de ginseng y, sorprendentemente, me pone de muy buen humor, así que consigo callarme hasta el momento de decirle que considere lo dicho como dicho, que no estoy de acuerdo y que lo dejemos de lado.
“Pero si no estás de acuerdo con esto, mi terapia no te va a servir de nada”, dice.
Le digo que tampoco estoy de acuerdo con eso, y que nada más probemos.

Con la flexibilidad que la caracteriza, da inicio al trabajo.

Lo primero que veo al entrar en trance es a mí mismo, desnudo, corriendo hacia una puerta tras la cual se ve aire libre y colores muy intensos.
Apenas la cruzo todo se convierte en un conjunto de colores muy, muy brillantes que giran, como un juguete de plástico visto desde demasiado cerca.

Noto que hay más cosas iguales girando, pero no consigo abstraer la mirada lo suficiente para tener una perspectiva. La sensación que acompaña todo es de mucha alegría, mayormente, y una pequeña angustia simultánea por no lograr una panorámica.
La perspectiva me recuerda la de la visión infantil, con todo muy cerca, y me suena peligrosa.
Pero los colores son brillantes, y la sensación base es de mucha alegría.

Las cosas de colores girando son una especie de parque de diversiones, se vuelve evidente.
Un Rogelio niño, también desnudo, está muy contento de verlo, y por un rato me abstraigo en eso, aunque la sensación de peligro por la falta de perspectiva sigue sonando como una alarma obsesiva a volumen mínimo.
De repente aparece una segunda sensación de disconformidad: está bueno quedarse, y no lo está.
También hay que moverse.

Aparecen los pies de un Rogelio gigante, enorme, con la cabeza por las nubes, que tras un momento toma el parque de diversiones entero en sus manos y, sosteniéndolo cerca del pecho, se lo lleva tras las colinas.

Entre todos los juegos de plástico brillante, hay un rincón hecho de carne violeta. El color es la indicación de un estado, una especie de angustia o depresión.

Cuando Rogelio gigante apoya el parque de diversiones en su nueva locación, veo a Rogelio niño, contentísimo, con las manos en la cintura como un patrón de estancia. Disfruta por anticipado todo lo que va a jugar. Es totalmente cierto, pero la sensación de peligro no me abandona.

Rogelio niño se lanza a jugar, corre, salta, aparece en todos los juegos casi a la vez. Sé que está en el máximo de alegría posible, pero su excitación me parece peligrosa, como cuando veo niños con exceso de coca cola en mac donalds.
Aparecen muchos más nenes, todos juegan en mi parque de diversiones. Todos corren, saltan, juegan totalmente olvidados de todo lo que no sea jugar y excitados al mango.
Una parte mía permanentemente espera el desborde: que se choquen, se caigan, se peleen.
Tanta energía y tanto movimiento no pueden existir en armonía.

De esta preocupación se empieza a abstraer, a rezumar, un Rogelio de treinta años, también desnudo. No sé que onda, la desnudez, hoy. No me molesta, en todo caso.
Este Rogelio treintañero, exudado de la preocupación empieza a sentirse triste. Por el inevitable y seguramente cercano quiebre de la alegría.
Ve a Rogelio chico, que de repente convoca a todos los chicos del parque para decirles algo, proponerles un juego.
Se pone más triste, porque sabe que no va a funcionar: que no le van a hacer caso, o que le van a hacer caso y muy rápidamente se van a dar cuenta de que la propuesta carece de interés y gracia.

Una imagen de Rogelio chico en la oscuridad, parcialmente atado al suelo por barro desde los pies hasta los hombros aparece enseguida. Sé que lo lastro, me identifico con Rogelio de treinta, descreído, y sé que lo lastro. Que mi falta de fe le pesa a Rogelio chico.

Me amargo y me retraigo más aún, y aparezco, treintañero, enfurruñado y desnudo, sentado en el lugar violeta del parque de diversiones. Ese lugar era yo desde el principio, noto.

Me doy cuente de que mi presencia es incompatible con la diversión: mientras yo esté, los chicos no van a poder divertirse. Rogelio chico no va a ser totalmente libre de abandonarse al juego y la alegría despreocupada.
Porque mi preocupación, y mi falta de confianza le pesan y lo coartan.

Noto que no puedo cambiar de actitud. Deseo que todo fluya, pero simplemente no encuentro el lugar desde dónde cambiar mi actitud.
No puedo.
Me rindo.

Recuerdo un Rogelio que tuvo que ser quemado por no poder abandonar, por estar anclado a un recuerdo irremediable.
Voluntariamente incendié la habitación donde había ocurrido eso en mi visualización, pero el Rogelio victíma de esa habitación no podía abandonarla.
Un fantasma encadenado.
Así que le prendí fuego a la habitación y lo dejé adentro.
A que muriera.
Si tu ojo izquierdo.

Me asusté, dolorido, al recordar eso, pensando que tal vez debería hacerlo de nuevo.
No quería, pero tampoco quería ser el lastre ante la alegría de vivir de mis otras partes. Y no conseguía cambiar de actitud. Y no veía otra salida. Y no sabía cómo hacerlo, tampoco.

Aparece Rogelio chico, muy sereno, frente a Rogelio treintañero enfurruñado, con el que sigo identificado. Soy yo. Con el diálogo mudo de las visualizaciones, Rogelio chico me cuenta, con una seriedad muy sencilla y dulce, que no esto no puede ser sin Rogelio grande.
No hay fiesta sin mí.
No puedo morir, no tengo que irme, ni transformarme, ni nada.
Nada más que estar.
Se lo ve tan serio, tan confiado. No está enojado de que le estropee la fiesta, no comparte mi falta de confianza. Confía en sí mismo, y extrañamente, en mí también.

Está absolutamente sereno, en una pausa de su juego frenético, sin inercia: no hay agitación, no hay backlash por frenar su acelere, no hay tristeza ni impaciencia. Está totalmente centrado y seguro.
Es intocable, lo sé. Nada puede tocar ya a Rogelio chico.

Me quedo, aferrado a mi desconfianza. No sé qué hacer, cómo dejar de ser un lastre.

Y escucho, desde algún lado, a Rogelio gigante, con los pies en la tierra, la cabeza en las nubes y un ojo mirándonos por alguna ventana. Dice que él nos lleva, que nos sostiene a todos.
A todos: a todo el parque de diversiones, y a mi también.
A Rogelio enfurruñado también.

La misericordia de la afirmación sopla como un viento a mi alrededor, me quedo quieto mientras veo a Rogelio gigante llevando todo, a Rogelio chico que se retira a esperarme y simultáneamente me acompaña, y me desidentifico de Rogelio enfurruñado.

Y lo veo, pasando los segundos, aliviarse. Aburrirse de estar autoexcluído. Darse cuenta de que no es responsable de lastrar a nadie, y tampoco es responsable de sostener a nadie. Hay uno más grande, que lo sostiene todo. Y la culpa da lugar, en pasos sucesivos e instantáneos, al aburrimiento, a la curiosidad, a las ganas de ver qué pasa afuera.
Se levanta y sale, se acerca a los niños que juegan.
Se mezcla entre ellos.
Salgo del trance.

Nos abrazamos con Alicia, no sé si piensa que esto sirvió, pero estamos contentos. Muy contentos.

No quedamos en otro encuentro.

























Mi parque de diversiones visto por Sanx.

Sesión 01 07 2010

Tras casi seis meses de pausa, me siento medio perdido y estancado, y arreglo una sesión con Alicia.
El día anterior tengo una charla con Luc, le cuento que me aburro, que estoy medio harto de todo.
Me pregunta espontáneamente “¿a vos lo lúdico te sale solamente cuando hay chicos cerca, no?”.
Con la claridad con que se ve lo que siempre estuvo ahí respondo, sorprendido, que si.
La idea me queda picando todo el día.

El reencuentro con Alicia es un poco tenso, lo primero que hace es volver a criticarme, básicamente, todo.
Recuerdo que por esto me fui meses atrás. Pero en los últimos días vengo tomando overdosis de ginseng y, sorprendentemente, me pone de muy buen humor, así que consigo callarme hasta el momento de decirle que considere lo dicho como dicho, que no estoy de acuerdo y que lo dejemos de lado.
“Pero si no estás de acuerdo con esto, mi terapia no te va a servir de nada”, dice.
Le digo que tampoco estoy de acuerdo con eso, y que nada más probemos.

Con la flexibilidad que la caracteriza, da inicio al trabajo.

Lo primero que veo al entrar en trance es a mí mismo, desnudo, corriendo hacia una puerta tras la cual se ve aire libre y colores muy intensos.
Apenas la cruzo todo se convierte en un conjunto de colores muy, muy brillantes que giran, como un juguete de plástico visto desde demasiado cerca.

Noto que hay más cosas iguales girando, pero no consigo abstraer la mirada lo suficiente para tener una perspectiva. La sensación que acompaña todo es de mucha alegría, mayormente, y una pequeña angustia simultánea por no lograr una panorámica.
La perspectiva me recuerda la de la visión infantil, con todo muy cerca, y me suena peligrosa.
Pero los colores son brillantes, y la sensación base es de mucha alegría.

Las cosas de colores girando son una especie de parque de diversiones, se vuelve evidente.
Un Rogelio niño, también desnudo, está muy contento de verlo, y por un rato me abstraigo en eso, aunque la sensación de peligro por la falta de perspectiva sigue sonando como una alarma obsesiva a volumen mínimo.
De repente aparece una segunda sensación de disconformidad: está bueno quedarse, y no lo está.
También hay que moverse.

Aparecen los pies de un Rogelio gigante, enorme, con la cabeza por las nubes, que tras un momento toma el parque de diversiones entero en sus manos y, sosteniéndolo cerca del pecho, se lo lleva tras las colinas.

Entre todos los juegos de plástico brillante, hay un rincón hecho de carne violeta. El color es la indicación de un estado, una especie de angustia o depresión.

Cuando Rogelio gigante apoya el parque de diversiones en su nueva locación, veo a Rogelio niño, contentísimo, con las manos en la cintura como un patrón de estancia. Disfruta por anticipado todo lo que va a jugar. Es totalmente cierto, pero la sensación de peligro no me abandona.

Rogelio niño se lanza a jugar, corre, salta, aparece en todos los juegos casi a la vez. Sé que está en el máximo de alegría posible, pero su excitación me parece peligrosa, como cuando veo niños con exceso de coca cola en mac donalds.
Aparecen muchos más nenes, todos juegan en mi parque de diversiones. Todos corren, saltan, juegan totalmente olvidados de todo lo que no sea jugar y excitados al mango.
Una parte mía permanentemente espera el desborde: que se choquen, se caigan, se peleen.
Tanta energía y tanto movimiento no pueden existir en armonía.

De esta preocupación se empieza a abstraer, a rezumar, un Rogelio de treinta años, también desnudo. No sé que onda, la desnudez, hoy. No me molesta, en todo caso.
Este Rogelio treintañero, exudado de la preocupación empieza a sentirse triste. Por el inevitable y seguramente cercano quiebre de la alegría.
Ve a Rogelio chico, que de repente convoca a todos los chicos del parque para decirles algo, proponerles un juego.
Se pone más triste, porque sabe que no va a funcionar: que no le van a hacer caso, o que le van a hacer caso y muy rápidamente se van a dar cuenta de que la propuesta carece de interés y gracia.

Una imagen de Rogelio chico en la oscuridad, parcialmente atado al suelo por barro desde los pies hasta los hombros aparece enseguida. Sé que lo lastro, me identifico con Rogelio de treinta, descreído, y sé que lo lastro. Que mi falta de fe le pesa a Rogelio chico.

Me amargo y me retraigo más aún, y aparezco, treintañero, enfurruñado y desnudo, sentado en el lugar violeta del parque de diversiones. Ese lugar era yo desde el principio, noto.

Me doy cuente de que mi presencia es incompatible con la diversión: mientras yo esté, los chicos no van a poder divertirse. Rogelio chico no va a ser totalmente libre de abandonarse al juego y la alegría despreocupada.
Porque mi preocupación, y mi falta de confianza le pesan y lo coartan.

Noto que no puedo cambiar de actitud. Deseo que todo fluya, pero simplemente no encuentro el lugar desde dónde cambiar mi actitud.
No puedo.
Me rindo.

Recuerdo un Rogelio que tuvo que ser quemado por no poder abandonar, por estar anclado a un recuerdo irremediable.
Voluntariamente incendié la habitación donde había ocurrido eso en mi visualización, pero el Rogelio victíma de esa habitación no podía abandonarla.
Un fantasma encadenado.
Así que le prendí fuego a la habitación y lo dejé adentro.
A que muriera.
Si tu ojo izquierdo.

Me asusté, dolorido, al recordar eso, pensando que tal vez debería hacerlo de nuevo.
No quería, pero tampoco quería ser el lastre ante la alegría de vivir de mis otras partes. Y no conseguía cambiar de actitud. Y no veía otra salida. Y no sabía cómo hacerlo, tampoco.

Aparece Rogelio chico, muy sereno, frente a Rogelio treintañero enfurruñado, con el que sigo identificado. Soy yo. Con el diálogo mudo de las visualizaciones, Rogelio chico me cuenta, con una seriedad muy sencilla y dulce, que no esto no puede ser sin Rogelio grande.
No hay fiesta sin mí.
No puedo morir, no tengo que irme, ni transformarme, ni nada.
Nada más que estar.
Se lo ve tan serio, tan confiado. No está enojado de que le estropee la fiesta, no comparte mi falta de confianza. Confía en sí mismo, y extrañamente, en mí también.

Está absolutamente sereno, en una pausa de su juego frenético, sin inercia: no hay agitación, no hay backlash por frenar su acelere, no hay tristeza ni impaciencia. Está totalmente centrado y seguro.
Es intocable, lo sé. Nada puede tocar ya a Rogelio chico.

Me quedo, aferrado a mi desconfianza. No sé qué hacer, cómo dejar de ser un lastre.

Y escucho, desde algún lado, a Rogelio gigante, con los pies en la tierra, la cabeza en las nubes y un ojo mirándonos por alguna ventana. Dice que él nos lleva, que nos sostiene a todos.
A todos: a todo el parque de diversiones, y a mi también.
A Rogelio enfurruñado también.

La misericordia de la afirmación sopla como un viento a mi alrededor, me quedo quieto mientras veo a Rogelio gigante llevando todo, a Rogelio chico que se retira a esperarme y simultáneamente me acompaña, y me desidentifico de Rogelio enfurruñado.

Y lo veo, pasando los segundos, aliviarse. Aburrirse de estar autoexcluído. Darse cuenta de que no es responsable de lastrar a nadie, y tampoco es responsable de sostener a nadie. Hay uno más grande, que lo sostiene todo. Y la culpa da lugar, en pasos sucesivos e instantáneos, al aburrimiento, a la curiosidad, a las ganas de ver qué pasa afuera.
Se levanta y sale, se acerca a los niños que juegan.
Se mezcla entre ellos.
Salgo del trance.

Nos abrazamos con Alicia, no sé si piensa que esto sirvió, pero estamos contentos. Muy contentos.

No quedamos en otro encuentro.

























Mi parque de diversiones visto por Sanx.

martes, 8 de junio de 2010

Sesión 11 enero 2010

Agujas en el pie, entonces astillas. Recuerdo de infancia. Me clavaba astillas del piso de madera y Felisa las sacaba con una aguja. Imágenes de la casa de entonces. Pasa Rogelio niño de un año con un carrito, luego con una locomotora de juguete. Rogelio de seis lo acompaña. En algún lugar flotan mi madre y mi tía, sé que no les gusto.
Veo la panza de mi madre dentro de un vestido azul o verde, desde la perspectiva de un niño de cinco años. De repente mi madre está desnuda, comento a Alicia que esto me recuerda sospechas que tuve: acusé públicamente a mi tía de abusar sexualmente de mi, y desde siempre dudé de si no estaría yo usando eso para no confrontar otra situación similar, previa, con mi madre.
Veo la vagina de Felisa.
La veo húmeda, siento sabor a vagina húmeda y veo sus rulos, rubios.
Hay imágenes confusas, una especie de tobogán en forma de U con un Rogelio niño en la punta, pero de repente se dibuja una serpiente, una especie de cobra en posición de ataque. Todo se desdibuja, llamo a mi guía.
Aparece como un fantasma azul eléctrico caminando sobre / cerca de una serpiente. Ambos son gigantes sobre un orbe terráqueo que parece un asteroide bajo ellos.
Mi guia toma la serpiente, la escena entra en un loop, oscila entre un paso y otro, hasta que de repente noto la tensión en mis bíceps. Mi dos brazos están haciendo fuerza, y noto la cabeza de la serpiente dentro de cada uno, moviendo la lengua.
Me parece bien, y como una respuesta a mi aceptación, todo mi cuerpo comienza a transparentar una piel de serpiente, un cuerpo de serpiente bajo mi piel.
Lo acepto cada vez más y más, y sus ojos aparecen en mi pecho.
Finalmente, mi propia cara esconde la cara de una serpiente fantasmal, que comienza a solidificarse de a poco dentro de mí.
Me parece bien, fríamente bien.
Terminamos la sesión.

sábado, 1 de mayo de 2010

Archivos de Desprogramación - I

No puedo explicar el orgullo que produce tener producción gráfica propia del blog.
No es que yo tome un lápiz, pero me pone orgulloso igual.
Sobre todo por la talla de los contribuyentes.
Esta vez: María Eugenia Sandín.

-------------------------------------------------------------

Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (6 páginas)


--------------------------------------------------------------

Por motivos X, mi amigo Tito le cuenta un día mis tribulaciones a su psicóloga, Alicia, y ésta le encarga que me pase el mensaje de que me regala una sesión.
Yo estaba en aquel momento intentando seriamente con un psicoanalista freudiano, el primero en mi larga vida que me pareciera inteligente al mismo tiempo que comprometido, pero dada una cantidad de circunstancias, estaba abierto a lo alternativo también.
Y no sabía que la primer sesión es, muchas veces, todo el tratamiento que Alicia aplica.
En ella aplica una técnica llamada “desprogramación” en la cual, mediante hipnosis liviana por relajación se instala la sugestión muy específica –aceptada por la persona, claro, como toda forma de hipnosis no funciona sin consentimiento del sujeto- de asumir con uno mismo el compromiso del autodesarrollo y la superación de los límites que impiden la autorrealización.
Esto, muy grosso modo.
Si quieren más info sobre la desprogramación, pueden revisar acá.

Una de las características más llamativas del método de Alicia, es que se ejerce a partir de la comunicación directa con el subconsciente, no mediada –mínimamente mediada, sería mejor dicho- por la interpretación de la conciencia.
Esto se logra a través del mismo estado de trance de la desprogramación, en el cual la información y contenidos del sub e inconsciente emergen de modo simbólico y se visualizan a la manera de los sueños lúcidos.
Más info sobre esto, acá.

En ambos casos, la persona entra en relajación, llega cerca del estado de sueño y, espontánea o dirigidamente, comienza a “ver” cosas, del mismo modo que se ven en un sueño.
Yo ya tenía experiencias propias, espontáneas, de este tipo de cosas, y bastante lectura al respecto.
Lo que no sabía, ni había experimentado, es que cuando la visualización se “dirige”, esto es, la persona que guía la relajación sugiere o indica cosas a encontrar, ver o hacer al sujeto que se relaja, igualmente hay un gran espacio a lo espontáneo.
Esa fue la primer sorpresa en el trabajo con Alicia: descubrir que ella podía darme una indicación clara pero abierta, a lo cual yo no me quedaba en blanco, ni respondía con algo que supiera de antemano o pudiera explicar ni, mucho más significativo, descartar como desprovisto de sentido.
Por más que no pudiera explicar el sentido de las cosas que visualizaba, no podía tampoco decir honestamente que no me parecieran importantes o cargadas de significado.
Siempre surge algo que se corresponde con las indicaciones pero es inesperado e inexplicable desde la perspectiva de lo que uno hubiera querido hacer o ver.
El ejercicio de la desprogramación en sí consiste en una sencilla visualización en la cual uno aparece en un cuarto y, previas idas y venidas que hacen a la cuestión de practicarla pero no de contarla, comienza a, literalmente, “sacudirse de encima” las cosas que inconscientemente ya tiene identificadas como trabas y límites a su realización.
La forma de “sacudírselas” es, dentro de la visualización, sacudir con fuerza los pies, primero uno y luego el otro, como buscando despegar algo que estuviera pegado a la planta.
Sorprendentemente, siempre ocurre algo en este momento. Siempre se despega algo.
Hay sentidos y significados asignados a los lados del cuerpo y a los objetos o sustancias que se desprendan de cada pie, pero ni las conozco todas (muchas se asignan intuitivamente), ni es necesario saberlas para la aplicación o descripción del ejercicio.
Y sí es necesario, por la remota casualidad de que algún lector un día se aplique este ejercicio, evitar las ideas preconcebidas al respecto, para garantizar la espontaneidad de las visualizaciones.
Por este motivo no cuento el ejercicio completo ni lo poco que sé sobre los emergentes simbólicos.
De cualquier modo, muchos de ellos son evidentes a simple vista, o por lo menos se puede apreciar la consistencia, a lo largo de los testimonios.
En cierto momento, por equis causas, decidí aprender la técnica de desprogramación de lo negativo, y la practiqué un tiempito, en el cuarto de la pensión donde vivía en ese momento.
La sigo aplicando a quien lo pida, claro.
Aquí transcribo dieciséis casos.

Entre las cosas que no es necesario contar, figura el qué se hace con lo que sale del cuerpo en cada caso, y lo que llamo la “reprogramación abierta de lo positivo”, que consiste básicamente en visualizar un baño de luz que inunda el cuerpo, para ocupar con algo simbólica y contundentemente positivo –luz- el espacio psíquico abandonado por todo aquello de lo cual uno se compromete a “vaciarse”.
Todo esto tiene un correlato en la acción, donde uno “actúa” de diversos modos simbólicamente fuertes lo que hace en la visualización.
Uno de estos modos es la quema de la lista de cosas de las que uno se quiere desprender.
Esta lista se escribe antes de hacer el ejercicio y es absolutamente personal: quien guía el ejercicio no tiene porqué saber los contenidos de la lista, y de hecho es mejor que no los sepa para no inhibir al ejecutante al momento de confeccionarla.
La quema de la lista se realiza con fósforos, en un espacio preparado a tal fin, y se considera que la cantidad de fósforos que se usan para reducirla a cenizas, así como qué es lo último en quemarse, son indicios reveladores acerca de cuanto tiempo tardará en completarse la desprogramación, y qué es lo que más va a tardar.

A continuación, los casos, con algunas indicaciones particulares cuando es relevante. Las edades son mayormente calculadas a ojo, es el tipo de cosas que no se me ocurre preguntarle a nadie, pero a la hora de quitarse el equipaje sobrante tiene importancia.
En la narración salto casi todos los pasos de la entrada en relajación y visualización y transcribo directamente lo que sale de cada pierna al sacudirla, y la quema de la lista.
Vale la pena aclarar que, a pesar de estar en una relajación bastante profunda y visualizando, la gente mantiene la capacidad de hablar y conversar, que es la forma a través de la cual monitoreo, mediante preguntas claras, lo que va ocurriendo dentro de sus mentes. El escenario, de este lado, es una persona acostada en el piso y hablando poco y cada tanto, y yo sentado en un silla cerquita, preguntando y tomando notas en un cuadernito.
Del otro lado, depende de cada uno. Estos son algunos fragmentos que llegan de allá para acá.

----------------------------------------------------------------------------


Algún día de fines de agosto de 2009

GP (varón, 36 años). Somos amigos desde hace años, conozco buena parte de su problemática, y lo que sale en cada caso (o pie) me parece coherente con lo que sé de el.
Me sorprende descubrir que en mi primer desprogramación, ya conozco el clima: cuando enseñaba masaje inducía una relajación a los estudiantes en todas las clases. Se produce una empatía con una textura muy particular entre “relajante” y “relajandos”: no la esperaba, pero la reconozco en seguida.

Entra en trance y salen de su pierna derecha, textualmente: “rosa” (¿color? ¿líquido?) – “sangre” – “petróleo” (eso aclara lo anterior, supongo).

De la pierna izquierda, “tinta negra, aguada” – cuesta más, tarda mucho, se pone espesa y termina.
La luz que ve en la reprogramación abierta de lo positivo, que llena su cuerpo, es celeste. No sé qué significa eso, tengo que preguntar.

Usa cinco fósforos para quemar la lista.


DV (varón, 38 años). También tenemos relación, pero no conozco toda su problemática. Nótese la similitud con los contenidos de GP, que también son consistentes con lo que Alicia me dictó como emergentes probables y regulares. Al llegar al momento de sacudir su pierna, sale de su pierna derecha “petróleo” (de vuelta textualmente).
De la pierna izquierda: “líquido amarillo” – “líquido marrón”.

Usa un solo fósforo, la quema es rápida, completa.


MP (mujer, 40 y algo?). Tenemos amistad personal, ejercida como se puede en esta acelerada vida moderna. La quiero mucho, pero detesto sus modismos jipis como el uso indiscriminado de la palabra “energía” (que usada, por ejemplo, en la frase “todo es energía”, no significa nada), y cierta tendencia forzada hacia la armonía, encubriendo un fondo bastante claro de emociones negativas rechazadas. Las primeras emergencias de su visualización coincidían con estos prejuicios míos. Ya había sido advertido de que ciertas cosas no deben ser permitidas durante el ejercicio porque son resistencias por miedo o apego, y las censuré mediante la simple frase “eso no se corresponde con tu realidad” o “eso no es, seguí”.

Pierna Derecha: “energía” – “blanco” – “una bola negra!”

Aquí tuve una visualización propia, espontánea: ví una bola negra cayendo de su pie, en dos momentos. En el primero, tenía el tamaño de una bola de pin pon y salía de su pie, era de una sustancia oleosa y concentrada. En la segunda, bruscamente había aumentado su tamaño hasta el de un auto chico, mientras caía en un mar de la misma sustancia oscura, que instintivamente tomé como detritos.

Pierna Izquierda: “nada” – tarda mucho, interpreto resistencia pero no hay nada más que hacer que insistir y esperar– “algo, no sé qué” – “polvo oscuro” – termina pronto, lo considero satisfactorio.

Un fósforo, rápido, completo. El papel queda carbonizado, pero casi íntegro, de modo que se puede leer el texto todavía.

28 08 2009

L (mujer, 25 años?)

Tarda en encontrar el espacio de trabajo dentro de su visualización.
Pierna Derecha: “azul con verde” – “negro” – “violeta” – “celeste” – termina.

Pierna Izquierda: “líquido rojo” – “negro” – “celeste” – “blanco” – “rosa” – “amarillo” – “lila” – “blanco” (mucho) – termina.

Ve la luz inmediatamente, viene de una estrella, ella es la estrella.
Toma dos fósforos pegados, la lista arde en seguida, completa. Tira las cenizas ahí mismo, en el tacho de mi habitación.


29 08 2009

K (mujer, 22 años?)

Pierna Derecha: “polvo”.

Pierna Izquierda: “polvo más espeso”.

Visualiza muy rápido. Abolla el papel, usa cinco fósforos. Al principio arde muy lento, al final rápido.

J (varón, 30 años)

Pierna Derecha: “como agua” – “como una pelota que se despega” – “parece que se va, pero vuelve”. Asumo que es su personalidad obsesiva, la reconozco por la mía propia y le indico que no, que se va de veras. Termina.

De su pierna izquierda sale “como agua oscura”.

Todo rápido, incluso la quema inicial del papel, pero quedan restos. Llegamos a diecinueve fósforos.


15 11 2009

JM (varón, 30 años?). No tenemos relación, excepto una lectura de carta previa que le hiciera, y a raíz de la cual le sugerí tomar la desprogramación.

Pierna Derecha: “petróleo con soles” – “una cara que conozco” – “un cocodrilo” – “martillos”.
Evidentemente no esperaba estas manifestaciones, pero se lo toma con simpatía.

Pierna Izquierda: “una soga” – “dos caras que conozco” – “una situación” – “una cinta”.

Usa ocho fósforos.

NO (mujer, 27 años?) Nos conocimos en la misma situación que con JM.

Pierna Derecha: “agua” – “luz cálida” – “late” – “cosquillas”.

Pierna Izquierda: “algo pesado” – “una piedra” – “siento un hueco”.

Diez fósforos.


23 11 2009

I (mujer, 25 años?) Tenemos poca relación, sabía que andaba con problemas personales pero sin mayores detalles.

Pierna Derecha: “un cacho de sombra” – “cordón”.

Pierna Izquierda: “algo blanco y azul”.

La sesión es difícil, hay mucho ruido, es interrumpida de repente por la entrada de una persona en la habitación, pero la completamos.

No tomé nota de los fósforos.

13 12 2009

C (mujer, 23 años?)

Pierna Derecha: “líquido amarillo” – no sé bien qué”.

Pierna Izquierda: “se me salió el zapato” – “rayos azules”.

Usa cuatro fósforos. Me sorprende la poca cantidad de elementos de su visualización, pero no es cuestión de buscarle el pelo al huevo.

JL (varón, 27 años)

Pierna Derecha: “sombras” – “arena” – “agua”.

Pierna Izquierda: “humo” – “polvo rojo” – “la zapatilla” – “la media” – “algo pegajoso”.

Al quemar la lista primero la arruga comprimiéndola, luego está pendiente de todo, muy encima del fuego, constantemente avivándolo o intenando apurar el proceso.
Usa veintiocho fósforos.
Es llamativo que ambos perdieran la zapatilla al sacudir el pie, no le pasó a otras personas.

08 01 2010

M (varón, 20 años). Nos conocemos poco, pero es claro que no se hace problemas al pedo.

Pierna Derecha: “como sombras”. Termina muy rápido.

Pierna Izquierda: “como pinchos o agujas”. Dura un poco más.

Rompe la lista, arde a la primera. Dos fósforos.


12 01 2010

C (mujer, 21 años). Conozco parte de su historia. Es la razón de que le insistiera en que hiciera esto. Si bien encuentro coherencia, también me sorprenden algunas cosas, por ejemplo la aparentemente poca cantidad o fuerza simbólica de lo que sale de sus pies, hasta la explicación a posteriori que me da.

Pierna Derecha: “raro” – “ropa” – “pez” – “cráneo” – “ropa femenina” – “algo que no quiere salir” – “salió pero no lo veo”.

Pierna Izquierda: “un juego de te” – “pelo” – termina.
Luego cuenta: “había una sensación muy desagradable desde el plexo hacia abajo, que se iba vaciando hasta que salió del todo, pero no pude ver qué era”. La forma en que la nombra me da la pauta de que lo importante salió.

Tres fósforos.


18 01 2010

CB (mujer, 40 años?). Llegó por internet: leyó la descripción de la desprogramación en el blog y le itneresó.

Pierna Derecha: “corchos”.

Pierna Izquierda: “botones de diferentes colores”.

Olvida hacer la parte de recibir la luz. Lo considero medianamente significativo, no demasiado. Completa el ejercicio.
Saca la lista más extensa que haya visto: tres hojas.
Pero lo resuelve con tres fósforos.


25 01 2010

M (varón, 38 años?). Tenemos relación artística y amistad, me hace al aguante además con casi todos los emprendimientos, y éste le interesó particularmente.

Pierna Derecha: “una manguera o una víbora negra” – “huevo blanco”

Pierna Izquierda: “luz amarilla y rosada” – “huevitos como el blanco pero mas chiquitos”

Un fósforo. Quedan letras reconocibles en el papel quemado.


01 02 2010

SS (varón, 25 años?). Casi no nos conocemos, más que chateando. Nos conocimos en otro proyecto artístico, le ofrecí la desprogramación chateando, cuando vi sus últimas obras.
En serio: cuando vi sus obras.
Siento todo el tiempo que su mente consciente y subconsciente es hipercreativa e interfiere, constantemente trata de forzar los emergentes hacia algo familiar o a lo que pueda asignar significado.
Por supuesto, es mi opinión, pero me obliga a tomar postura, dado que estoy en el rol de guía y contención del ejercicio.
Me limito a monitorear seguido preguntando cuando hace silencios largos, pidiendo que siga cuando parece no pasar nada, y ayudando a dar las cosas por terminadas cuando temo que se agote a mitad de camino por darle cabida a la interferencia de su intención de hacer “que pasen cosas”.

Pierna Derecha: “algo negro” – “una especie de hombrecito absolutamente consumido, una asquerosidad…” – “encima se queja el hijo de puta” – “ahora está saliendo ella” – “ no sé qué es eso tercero” – “otro más” – “algo envuelto en un manto” – “el último resabio” – “siento algo cálido que quiere entrar” – “falta cada vez menos”. Lo ayudo a terminar.

Pierna Izquierda: “no sé porqué siento que en el izquierdo no hay nada, que estaba todo en el derecho” –le digo que no, que seguramente hay, pero tarda en salir- “sonrisas” – siente que ahí vamos hacia algún lado - “hiedras” – se intensifica mi sensación de estar llegando – “sonrisas, una gran planta” – “ramas sueltas” – “tierra” – “mucha sangre!” – “sigue saliendo sangre, casi no hace falta que sacuda” – “viento” – “listo”. Perfecto.

Usa cuatro fósforos.






















háganle click para agrandar, que está buenísimo

viernes, 19 de marzo de 2010

Mamá y el Diablo - Sesión de autoconsulta al mazo viviente 31 - 10 - 09


Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá.


---------------------------------------------------------------------------------


Está dicho que dentro del tarot, los Bastos representan el fuego en el barro: el instinto, la líbido, el deseo primal.
Que la Emperatriz es, en sí, el barro mismo que recibe el fuego del espíritu y lo sostiene en lo material. Es la madre, y es el cuerpo.
Y que el Diablo es la forma más remota, profundamente enterrada en la oscuridad de la carne y alejada de la luz de la conciencia, de esa misma chispa.
La que no conviene mirar mucho, la que trabaja mejor en la oscuridad del tabú.

El 31 de octubre de 2009, realizamos una nueva sesión de mazo viviente.
Originalmente la razón de realizarlos era la investigación, pero la ambición rápidamente me llevó a intentar usarlo en beneficio de mi propio desarrollo místico y espiritual.
Hoy día me parece, a esos efectos, una práctica excesivamente recargada de información sobrante, sobre todo en comparación con las performances cada vez más free jazz de Bert Hellinger.
Pero en el momento de querer allanar el camino de comunicación entre mi Yo Interno y el yo conciente, entre mi quinta y segunda línea, si algo de lo que estudié de I Ching está bien, esta parecía la mejor opción.

Paralelamente a estas disquisiciones, hacía varios meses ya que venía sintiendo que mi intención de mantener cierto estado físico y ciertas habilidades entraba en contradicción directa con mi disponibilidad de tiempo y energía para fines sociales, creativos y laborales.
Por un lado la coquetería, por otro la autoexigencia, seguía haciendo ejercicio pesado y sintiendo la frustración de postergar otras cosas sin conseguir afrontar la necesidad de elegir a qué abocar el monto evidentemente limitado de energía de que dispongo.

Llegó el día fijado para el mazo viviente y tropecé, o eso creí. Tati, quien siempre me acompaña y sostiene en estos proyectos me dijo con claridad después: “en el momento, lo que sentí es que era todo una maraña, pero que así debía ser, que era la maraña del momento y estaba en proceso de desenrredarse”.
El caso es que me costó incluso plantear a los compañeros el tema de trabajo: dieciseis personas que convoqué y respondieron por interés, curiosidad o simpatía ante las cuales balbucée algo así como que quería “alinearme mejor con mi Inner Self y pulirme como herramienta para tal fin”.

De cualquier modo arrancamos, con el sistema ya descripto: elijo siete representantes, y cada uno elige a ciegas una carta de tarot preparada con una cadenita para ser colgada al cuello. Me acerco uno por uno, los coloco en la posición que les toca dentro de la representación de la tirada llamada “Cruz Celta”, observo fijamente su carta unos instantes, y con eso, automáticamente y sin que se sepa todavía cómo ni porqué, cada uno empieza a experimentar emociones y sentimientos, incluso ideas muy definidas, que parecieron siempre estar en sintonía con las atribuciones tradicionales de los Arcanos Mayores del tarot, del mazo Rider.
Hasta esta vez, que no entendí nada.

En la teoría que vengo armándome, el Inner Self está representado en este mazo por la carta de El Mago. Así que me sorprendió mucho cuando salió como primer carta El Diablo.
Me sorprendió menos que fuera Mariela. Esa chica tiene un componente de bastos enorme, y de hecho, creo que nunca la ví representar otra carta. Y estuvo en todas las prácticas que hicimos de mazo viviente.

Ahorrando detalles, las cartas significativas para esa lectura fueron el Diablo en lugar central, el Mago (afortunadamente) motorizando la consulta en la posición de Lo que está Detrás, y La Emperatriz, extrañamente, oficiando de obstáculo o membrana, entre el Diablo y el mejor curso de acción posible, representado por El Colgado. Como la chica que sostuvo el Colgado no tuvo mayor canalización aparente, no comentaremos más al respecto.

El total de la situación no tenía sentido para mí, y la interacción entre las cartas, menos.

El Diablo se sentía particularmente triste, y se lo veía desvaído. Mariela estaba permanentemente aplacada y con cara de resignación ya desesperanzada. El Mago parecía afable pero demasiado volátil para lo que yo esperaba de él. Volátil en el sentido de que no parecía tener ninguna clase de dirección o necesidad propia, sino una especide de buena voluntad general hacia todos, que tampoco devenía en ninguna toma de postura firme, ante nada.

Y la Emperatriz, representada por Max, opinaba sobre todo.
La asocié primero con mi madre o figura materna. Después con la sensualidad en general, inflamando la naturaleza del Diablo y distrayendo al total del sistema de la instropección del Colgado. Pero tampoco es que me vaya tan bien en la vida como para poder decir que eso verdaderamente ocurre.

No conseguimos mayores avances en todo el trabajo: el Mago avalaba al Diablo, pero eso no parecía cambiar mucho las cosas, y la Emperatriz me sacaba de quicio diciendo abiertamente al Mago “no mientas”. No conseguía distinguir si este “no mientas” venía de la impulsividad de Max opinando sobre tarot, o de mi madre desvalorizando mi guía interna.
Lo otro que decía Max era “decí lo que tenés para decir”, al Diablo.
No llegamos a nada que me pareciera valioso. Califiqué abiertamente ese trabajo de “fracaso”.

Pasaron los días siguientes inmediatos, con un marcado bajón anímico que considero producto del exceso de ejercicio espiritual de esos días. Las sesiones de mazo viviente consumen mucho, y lo de trabajar sobre uno y después atender a otros no parece una práctica prudente.




Dos semanas después, aproximadamente, tendría en mi encuentro semanal con Alicia la experiencia denominada “Pink Floyd Mama”.
En ella se evidenció una imagen interna de mi madre literalmente monstruosa, pese a lo cual yo me encontraba deseoso de apego.
La devolución de Alicia al respecto fue “es lógico: querés tener una mamá que atesorar. Pasa que con la que tuviste, no podés. Ya vas a tener una mamá que atesorar, pero no ésta”.
Ya acostumbrado a no entenderla, me fuí sin intentar pensar en nada.

Esa semana decidí dejar un poco el deporte, porque estaba demasiado lleno de dolores y me estaba empezando a poner rígido. La solución era dedicarle más tiempo agregando ejercicios de estiramiento y relajación, o suspender todo y permitir que la relajación llegara sola.
Prometiéndome retomar en breve, suspendí por unos días.






















A la semana siguiente, la visualización fue bastante distinta.
Apenas empezar ví una carta de tarot, pero fué demasiado fugaz para retenerla.
Las primeras imágenes fueron de mucha luz, luego apareció una viejita, muy viejita, muy blanca, tapada por velos blancos. Parecía una ancianita que probándose un vestido de novia, se hubiera olvidado y salido a la calle. No se la veía, pero yo sabía que debajo del velo era distinta e igual a mi madre histórica, real. Yo también aparecía lleno de luz, y el centro de la escena estaba ocupado por una especie de estrella blanca, de la que irradiaba una catarata intensísima de luz blanca plateada.
Tan intensos eran todos los blancos, que las figuras se veían con claridad solamente porque yo sabía que estaban ahí y qué eran.

La distancia física de las figuras, la blancura de la luz y de todas las figuras, la sensación general del conjunto, daban una sensación de pureza previa a la calidez: en una secuencia intuitiva, sobre esto se podría basar la calidez aunque ahora no estuviera presente, o estuviera presente pero subsumida a sensaciones más intensas.
Pero tal vez esto sea algo que digo al momento de escribir, ya cuatro días después de la visualización.

Toda la escena parecía la foto de un matrimonio en el altar, pero la sensación era la de un encuentro o reencuentro. Pero uno tan profundo que la idea de matrimonio, por más que esa figura fuera mi madre, no sonaba fuera de lugar.



En algún momento, antes o después de lo que viene ahora, ví un muro negro, o la oscuridad misma, de frente. Y como si una puerta vaivén la hendiera, se abrió de par en par la oscuridad, dejándome ver que detrás suyo estaba La Sacerdotisa.
Tuve durante un largo segundo el diálogo silencioso que se tiene con las figuras de las visualizaciones. Fué una charla similar a la que tuviera con mi sombra, pero sin el pacto de respeto mutuo: supongo que con La Sacerdotisa no es necesario pactar. Tras lo cual se volvió a cerrar la oscuridad, pero esta vez con el conocimiento de que, detrás, estaba siempre ella. Quedó en mi una sensación de confianza desprovista de alarde.

Lo siguiente fue un poco más preocupante, porque aparecí en lo que habitualmente es el jardín de mi casa en este espacio de visualizaciones, transformado en el león que Candela nos diera en el seis de bastos, una especie de versión amable de La Bestia del cuento, y a mi lado, me quiero matar, la Bella, encarnada por una figura con la misma cara exacta de un amor fracasado que tuve. Que no tuve.
Paseábamos por el jardín, yo la presentaba a todos los personajes que habitan el jardín de mi casa. En algún momento simultáneo pero previo, privado e íntimo nos abrazábamos y besábamos con una ternura que nunca alcanzamos en la realidad.

Preocupado, pregunté más tarde a Alicia qué significa la aparición de una persona concreta en una visualización, porque en tres años, las caras concretas que aparecieron fueron cinco: mis padres y hermano, mi tía, y ella. Dos veces, ella.
Alicia respondió que una opción es que simbolice el tipo de mujer que me interesa en este momento. Que eso puede cambiar cuando termine de corregir mi imagen femenina interna.
Yo, en su lugar, tampoco le diría a nadie “es que es ella, boludo!!”, porque uno nunca sabe.
Pero por no perder la costumbre, ni traicionar el juramento que alguna vez me hice de asumir ciertas premisas y vivir en consecuencia, en algún momento deberé acercarme a ese costado de la realidad.
Por ahora no tengo apuro.

Lo último que viera ese día fue un ejército de cruces negras que se iba a través de un portal en el espacio. El portal era sostenido por un pegaso. Pero la sensación interna era y sigue siendo la que aprendí a reconocer como propia de una visualización sobrante, sin validez simbólica ni eficacia y propia de mi tendencia a seguir más allá de donde el combustible psíquico sostiene un trabajo verdadero. Las que llamo “degradadas” por ser igualmente intensas en lo visual, a veces más impactantes incluso que una visualización “posta”, pero con un dejo de sabor a plástico.

Tres días después, tres noches mejor dicho, desperté antes del amanecer con la extraña sensación de que estaba a punto de perder algo si no hacía algunas abdominales. No había angustia ni presión: era simplemente la constatación, la certeza de un hecho cercano, probable: si no hacía algunas abdominales a más tardar ese mismo día, perdería algo.
Me tomé un rato de preguntar, desde el sentir, qué sería ese algo que se perdiera,y me llegó la imagen de la rigidez muscular propia del ejercicio.
Ya hacía algunos días que las mayores contracturas se habían ido, y ahora estaban apareciendo el cansancio y las sensaciones sencillas, cotidianas, que durante varios meses estuvieran anestesiadas por el dolor y la exigencia.
Y simultáneamente, al imaginar la dureza yéndose, noté la sensibilidad de la blandura.
Recordé lo que siempre supe: tener un abdomen blando implica sentirlo.
Sentir las tripas.

Ya conté en otro lado el desarrollo paulatino, durante dos años, de sensaciones en el área de mi pecho y plexo, y las asociaciones entre eso y todo lo emotivo y sensible, lo que llamo “la función de copas”. Rápidamente, desde el inicio de terapia hasta hace un tiempo, mi pecho pasó de ser un espacio relativamente rígido y poco sensible a ser espacio de muchas sensaciones vinculadas a lo cotidiano: integré las sensaciones del área del corazón a mi vida diaria.
Sabiendo que el objetivo final del sistema de Alicia es la reconexión de cada persona con su naturaleza individual más básica y pura, me pareció totalmente coherente que el siguiente paso fuera hacia abajo: los bastos habitan el abdomen y la pelvis, ir bajando de mente a sentimiento, de sentimiento a instinto..
El instinto, lo que define el deseo primal de cada persona, vive en el fondo del vientre.
Donde está el Diablo.
Mi pobre Diablo, tan ignorado. Tal vez con algo para decir, sepultado bajo una mala relación con mi madre y con mi cuerpo, bajo la ignorancia de la represión y la disciplina.

Entendí, creí, pensé, está por verse qué hice, que una madre bien aspectada significa más dulzura que exigencia, que es una forma dulce de sentir el cuerpo: no más dolor. No más cansancio sino el reposo, la regeneración del pecho y muslos maternos.
Y obviamente, al sentir con amabilidad, con amor, mi cuerpo, lo que sea que está en el fondo de mi vientre tendrá permiso para salir.









Ilustración: Luciano Vecchio.

martes, 23 de febrero de 2010

Pink Floyd Mama


Para descargar el pdf y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá.



Me hago viejo y me doy cada vez mas y mejores gustos.
Las colaboraciones de lujo de esta entrega son uno de los mayores de estos tiempos.
Gracias a Meuge y Luc por el aguante y el desborde de talento.

---------------------------------------------------------------------



La visualización iba relativamente sencilla, cuando Alicia intentó acortar camino, señalándome que se trataba de mis padres. Me irrité.
“Mis padres no están en esto, no los traigas”, reclamé, tratando de mantener la pureza de la visualización libre de contaminaciones.

La irritación creció, paulatina pero rápidamente.

La imagen que estaba viendo era a mí mismo sosteniendo en brazos un bebé, y cambió a ese bebé sentado al borde del camino, de espaldas a mi, y yo enojado, ofuscado. “Ese enojo es contra tus padres”, insiste Alicia y yo niego.
La sensación es que alguien encuentra gracioso que yo tenga que cargar con un niño, y que jamás pueda entender qué es lo que quiere. Me enojo contra ese alguien, pero no existe, me enojo contra el niño, pero no es eso tampoco.
No sé contra qué es el enojo.
No es contra mi, no es contra algo en particular, no es posible olvidarlo.
Es un camino cerrado.

De repente, veo claramente una flecha amarilla o dorada, señalando hacia arriba o hacia delante. La dejo estar un rato, hasta convencerme de estarla viendo realmente, y decido seguirla.

El paisaje hace forward en un pestañeo donde veo mis pies y los del bebe volando cerca de la flecha, siguiéndola, y aparecemos en un horizonte volcánico.
Todo el terreno burbujea en lava, se siente el enojo, y la presencia de mi madre.
“Acá sí está mi madre” le digo a Alicia, y los borbotones de los volcanes se superponen con borbotones de polenta caliente que me quema de chico, mi madre al lado se enoja de que me duela.
No la veo, pero está, claramente está.

Y de repente, todo el terreno se convulsiona, desde donde estamos hasta el horizonte y más allá, y se levanta.















Ilustración Luciano Vecchio


El terreno entero es carne, el mundo es cuerpo, deforme, monstruoso, materno. Una masa inmensa, inabarcable de tentáculos que se despega del suelo y se eleva ingrávida hacia el cielo, un montón de carne con muchas cabezas que se va. Una de las cabezas tiene la cara de mi madre, grandísima, gigante.

Extrañamente, no tengo sensación alguna de necesidad, excepto una. No siento que deba correr, ni defenderme, ni hacer nada más que sostener a mi bebé en brazos, mientras somos testigos de cómo ese monstruo mundo cuerpo se va.
La única necesidad que siento es la de tomar, de todas sus caras, la que más se parece a la de mi madre y retenerla.















Ilustración Maria Eugenia Sandin

La tomo y se sale de su cabeza, como una bandera, como una tela inmensa y queda colgando arrugada de mi mano, cubriendo metros y metros de piso. El resto del leviatán inmundo sigue flotando hacia arriba, partiendo para siempre.
Miro la piel del rostro inmenso de mi madre y siento al mismo tiempo ganas de quemarla, desterrarla, olvidarla, y de retenerla, guardarla con amor, honrarla.
Lloro un poco, pero mientras la masa de carne se termina de perder en el cielo, el bebé que tengo en brazos empieza a reír, feliz.
Antes de volver llego a vernos caminando mientras el paisaje, un horizonte de carne y cuerpo, empieza a crecer violeta, índigo, fértil.

Siempre, siempre, me pregunto qué pasará ahora.

El símbolo aplicado fue “Paz con la Sombra”, cuyo subtítulo reza “soltar”.
Alicia me dice que quiero tener una mamá que atesorar.
Que cuando suelte a la que tuve, que es imposible de tomar, va a llegar la que sí pueda valorar.
Estoy demasiado viejo para esto, me digo mientras me voy.
Y me pregunto qué pasará ahora.






Si no entendiste nada, por ahi te conviene leerte esto y esto.

jueves, 4 de febrero de 2010

Contacto con la Sombra


Para descargar el pdf y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá.



Una de los mayores problemas que tuve en todo el desarrollo de mi terapia con Alicia Valero, fue la absoluta falta de confianza en mis propias sensaciones y criterios.
Ya Liliana Ortiz, una astróloga más que interesante, me había avisado que estos años estarían marcados por la caída de una estructura de engaños y mentiras en la que había sido criado.
Lo que no se me ocurrió en el momento, es que para que una red de mentiras se sostenga, uno debe creer esas mentiras, en detrimento de la propia percepción de la realidad.

Y que para que eso ocurra, uno debe desvalorizar la propia percepción de la realidad, de manera tan aplastante que lo que otra persona le diga tenga prioridad por sobre lo que uno ve.

Obviamente, en el momento en que uno empieza a descartar la mentira, empieza a acercarse a la realidad, esta vez por su propio pie y criterio. Pero la larga costumbre de descreer de uno mismo hace que la transición sea, por lo menos, complicada.
Uno simplemente no cree en lo que ve, no cree en lo que entiende y, por sobre todas las cosas, no cree en sí mismo.

Cuando se hace un trabajo de introspección tan profunda como el que realizo con Alicia, esto es un contratiempo muy, muy grande, porque en la introspección casi no hay más referente que uno mismo.
Afortunadamente, la guía de Alicia es constante, y benévola con las permanentes idas y vueltas de una persona que no confía ni en su sombra, literalmente.

Y afortunadamente también, buena parte del trabajo de terapia no corre a cargo de la mente conciente o del inconciente personal, con todas sus dudas, sino que es tarea de los estratos más profundos y orgánicos de la psique y del inconciente colectivo.
La ventaja es, mas o menos, la misma que si uno se lastimara la piel y tuviera que cicatrizarla dirigiendo mentalmente las plaquetas y el metabolismo regenerativo: es tanto más fácil y seguro dejar que se encarguen de ello las partes del sistema nervioso, inmunológico y metabólico diseñadas por la naturaleza a tal efecto.

Ya describí varias veces la forma de trabajo con Alicia: una hipnosis inducida por relajación permite el acercamiento al umbral de inconciente, pero manteniendo la presencia de la mente conciente regular. Aprendiendo a hacer el silencio mental necesario, esto permite que los contenidos del inconciente personal emerjan y sean re elaborados por el total del sistema o persona, con todos sus aspectos concientes, sub e inconcientes, personales y colectivos. Esto, por tendencia propia del organismo a a la salud, más la ayuda de Alicia como baqueana, permite que se realice la reconfiguración psíquica necesaria para pasar de ser una persona necesitada de tratamiento, a ser autónomo en la satisfacción de las necesidades y desarrollo de la propia vida.

En algunos casos, esto requiere la re toma de contacto con algunas áreas psíquicas con las que uno puede haber roto relaciones, o no haberlas desarrollado nunca.
El Niño Interno, el Yo Interno, Madre y Padre internos, El Guía Interno y La Sombra, son algunas de las figuras con las que tuve que trabajar. Parece que estaba bastante fragmentado, internamente.

En diversas sesiones tuve contacto con lados míos animales: a veces me identificaba con un oso, un cavernícola. Otras veces, con lados irracionales, violentos o resentidos. Algunos de ellos eran partes mías legítimas, otros eran deformaciones pasajeras, o perversiones de mi ser que la vida me había llevado a tomar por reales.

Los legítimos se caracterizaban por que de todas las emociones que me producían mis lados “oscuros”, la predominante era una especie de miedo reverencial.

Pero la sensación de miedo, en mi estado de confusión permanente, podía indicarme tanto un peligro real en el manejo descuidado o insatisfacción de algún aspecto psíquico mío, como solamente las defensas y resistencias de una fobia, complejo, mala costumbre o recuerdo traumático a desenterrar y erradicar.

Me faltaban criterios, sensibilidad, para diferenciar un estado de miedo de otro: ¿cuándo estaba siendo funcional a una resistencia, corriendo el riesgo de eternizar mi tratamiento, y cuándo estaba detectando un peligro real y pasando de ser un inocente en peligro a ser una persona con capacidad de auto cuidarse?

La historia de mi vida indica que tengo una tendencia peligrosísima a jugar con los límites, principalmente por no reconocer el dolor como una señal válida de peligro, y a hacerme daño de este modo.
Daños irreparables que me autoinflingí me llevaron contra las cuerdas y a terapia, y ahora estaba en el exacto esfuerzo de aprender a diferenciar un miedo razonable y al cual atender, del miedo al cambio, la maduración y la caída de los velos.

Fue la práctica de tarot la que me trajo la primer experiencia en mi vida adulta de una sensación a priori injustificable pero insoslayable, de rechazo hacia un consultante (a quien terminé no atediendo, y sintiéndome bien con ello) que me dió el primer parámetro de una medida interna clara: algo que definitivamente NO quería hacer, sin explicaciones pero con total claridad y conciencia.
“Bueno”, pensé “ahora me falta lo mismo pero por la positiva: algo que tenga una sensación tan clara de SI querer hacer”.

Eso aún no llegó, o al menos no de la manera en que lo esperaba y espero, pero si llegó un abanico de experiencias en la vida cotidiana donde las sensaciones intuitivas cobraron solidez, vigor y validez ante mis propios ojos, pasando a formar parte de las consideraciones importantes en que baso mis acciones cotidianas.

Ya sé: suena tan normal que uno se pregunta qué hacía antes de desarrollar esto, cómo vivía.
Les recuerdo que estoy contando mis experiencias de terapia. La vida no es gran cosa ahora, pero antes era un asco.

Lo que también llegó fué una sesión en particular.
Alicia me aplica un símbolo de re i ki, y apenas entro en trance visualizo, con una estética propia de “El extraño mundo de Jack”, una colina recortada contra el cielo nocturno, iluminada por la luz plateada de la luna, con una cabaña encima. La cabaña tenía una ventana cuadrada, por la que salía luz amarilla.

Una silueta graciosa que me representaba sube por la colina y entra en la cabaña. La cámara cambia a subjetiva, y veo como a través de mis propios ojos la puerta de la cabaña se abre por mi mano, mostrando una especie de taberna vikinga, con una mesa central rectangular, larga y llena de figuras vagamente familiares.

No podía ver frontalmente a casi ninguna de estas figuras, más que a un oso y un cavernícola, que en las últimas visualiaciones venían apareciendo juntos. Me pareció ver por ahí un caballo alado, también personaje recurrente de un tiempo a esta parte.

La cabecera de la mesa estaba presidida por una silla de características similares a las de un trono sin pretensiones, sencillo pero imponente, en el cual se sentaba una silueta totalmente negra.
Desde su contorno hacia dentro no se distinguía absolutamente nada.
Era evidentemente el jefe del lugar, se notaba mucho más alto y corpulento que yo. Pero internamente supe, desde el primer momento, que también era yo.

De alguna forma la mesa se corrió y nos encontramos frente a frente, teniendo el típico diálogo sin palabras de las visualizaciones. Cuando dialogo con alguna figura interna en estas instancias, el contenido me llega más por sensaciones que por discursos.

No estoy muy seguro de lo que me dijo en ese momento, porque mi atención estaba mayormente concentrada en una lucha interna entre el temor, la compulsión por ver debajo de la sombra, y la certeza de que no debía hacerlo.

Escribí en otro lado acerca de la conveniencia del tabú, así que estaba intelectualmente avisado del protocolo pertinente en este caso, pero lo que Alicia da en llamar “la interferencia de la mente personal”me inducía compulsivamente a querer develar la sombra, anteponiendo al mismo tiempo imágenes horribles sobre la silueta negra: fragmentos de mi cadáver descompuesto, monstruos y cosas que sabía irreales, pero no podía detener.

En cierto momento, siempre sin palabras, conseguí manifestar este estado a la figura en el trono, que aceptó una situación intermedia: “mientras todavía te produzca miedo” me dijo, traducido más o menos libremente de telepático sensorial a discursivo lineal, “no hace falta que me veas directamente”.

El ángulo de la situación cambió, no sé porqué, y se trasladó todo a la derecha de donde estaba el trono, donde apareció una muralla de negrura plena, aparentemente infinita. Yo sabía que terminaba en las paredes de la cabaña, pero no podía ni me interesaba ver dónde estaban éstas.

Yo sabía exactamente en qué dirección y a qué profundidad de la pared de negrura se encontraba la silueta negra, y la intensidad de la comunicación no varió.
Así que le manifesté mi conformidad con este estado de cosas, y agregué dos cosas que me soprendieron: una fue la aseveración, totalmente honesta, de que de ahora en más sabría siempre reconocer a esta presencia de entre todas las demás que pudieran querer venir desde ese lado del muro a hablarme, darme órdenes o hacerme pedidos en su nombre. No hay lugar a imposturas, porque ahora te conozco con certeza, y no hay confusión posible: voy a saber siempre cuando sos vos y cuándo es otra cosa.

Lo segundo fue, también sorprendente para mi, una especie de garantía de lealtad de mi parte hacia ella – él, en la que me comprometía a mantener contacto regular, para tomar nota de sus deseos y necesidades, y rendirle cuentas de mis acciones para satisfacerlos.

Al salir del trance, por supuesto, el símbolo que me mostró Alicia era el de “Paz con la Sombra”




miércoles, 20 de enero de 2010

Sobre como se ve el alcohol, si lo agarras de entrecasa.

También acerca de la relación entre espacios físicos, emocionales y algunas imágenes internas…


Para descargar el pdf y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá.



Ya comente que el eje temático sensaciones en el pecho - elaboración de la enfermedad de mi padre - relación con ambos padres - maduración personal - elaboración del cáncer y muerte de mi primo - elaboración de mi propio hiv produjo, a lo largo de casi tres años, un buen montón de páginas de reflexiones.

Llegó el día en que decidí soltar lastre y perder la oportunidad de documentar este proceso, esperando ganar a cambio la posibilidad de terminarlo o, por lo menos, aligerarlo y atravesar más rápido las etapas dolorosas del mismo.

Si bien hacía ya rato que los dolores más intensos habían terminado, aún no llegaba a sentirme bien.

La frase recurrente con Alicia era algo como “antes me sentía realmente muy mal, así que ahora como que no puedo quejarme, pero…”

“Pero no querés sentirte menos peor, sino bien”, terminaba ella, y estábamos de acuerdo.

Los temas que atravesé desde que dejé de escribir hasta hoy tuvieron que ver con mi sexualidad, con el miedo, con el enojo hacia mis padres, con la aceptación del presente y con la capacidad de sentir.

Cierta noche, medio desperté sintiendo, en la semiconciencia propia de esas horas, el tirón de la marea y casi supe que todo había sido un corto sueño sin futuro: que nunca llegaría más lejos que esa pieza de hotel, y que dentro de poco habría tenido que volver a casa de mi madre, para no salir más.

Morir o no de sida unos meses después era un epílogo que traté de imaginar antes de volver a caer dormido, porque era menos terrible que verme llegar a viejo a la sombra de mi madre.

Ese mismo sábado me agarré una borrachera inesperadamente fuerte, tal que me levanté el domingo a vomitar durante cinco horas, y recién el lunes pude incorporarme de veras e ingerir algo.

El domingo, mientras me sentía enfermo y me preocupaba por mi futuro en todo sentido, también tuve inexplicables arranques de bienestar anímico.

Ceci pensó en Eros y Tánatos cuando se lo conté.

Es imposible que uno determine de manera convincente para otros si fue o no víctima de un mecanismo de compensación, pero no me convenció lo de Ceci. Estaba bastante seguro de la legitimidad de las
sensaciones que había atisbado desde mi resaca.

A partir del lunes, sin embargo, toda sensación de bienestar desapareció y sólo deseaba beber.

Se me hizo evidente que el efecto más pernicioso del alcohol en mí es el quiebre de la confianza: todo lo que fresco me parece tangiblemente cierto se vuelve no solo dudoso, sino casi su mismo negativo: la espera es estancamiento, el descanso enfermedad, mis diferentes capacidades, vanidad estúpida, todo plan irrealizable.

El único incentivo que me lleva de un día al siguiente es un erosionado impulso hacia la vida y la terca repetición de palabras vacías de auto aliento.

Ciertas.

Pero vacías.

En la siguiente sesión con Alicia, en el trance me sugiere que “me haga chiquito y entre por mi boca”.

Los paseos por el interior del cuerpo son parte regular del trabajo, uno de ellos que nunca postée me produjo sensaciones que sólo había experimentado antes bajo el influjo de alucinógenos potentes.
Esa vez me valió un reto de Ali: “esto no es una pepa, no estás jugando: estás trabajando con tu salud mental y la dirección de tu vida”.

Esta vez, al caminar por mi pecho, lo veía como el bodegón de un barco roto. El sol entraba por la parte superior y el piso cubierto de agua sucia.

Las paredes estaban llenas de barro y el pulmón derecho entero era una masa taponada de materia marrón nebulosa.

Escuché una voz, susurrante y desde no muy lejos, que decía “dejate caer y morí”.

La reconocí claramente, llevaba toda la semana escuchándola.

En realidad, me dí cuenta, llevaba años escuchándola.

La seguí, por el camino que llevaba al corazón, donde encontré, apoyada como si hubiera entrado a escondidas por la puerta de atrás, una araña azul gigante, mezcla del bicho de alien y una fantasía de “El quinto elemento”.

Susurrándole desde detrás del oído, a mi corazón, “dejate caer y morí”.



















Ilustración: Luciano Vecchio.




La empecé a sacar a patadas, mientras le contaba a Alicia lo que veía y mi sensación de que “siento que yo soy mas fuerte que este bicho, pero no tanto: estoy pudiendo sacarlo, pero no sé si lo voy a lograr realmente”, mientras ella casi me gritaba que llamara mi guía.

“No quiero llamarlo”, dije, mientras igualmente lo invocaba “porque le va a hacer daño a este bicho”.

Efectivamente mi guía, el gaucho José, llegó facón en mano y mi mirada se desvió sola mientras sabía que estaba acuchillando salvajemente al bicho, cortándolo en muchos pedazos.

Sabía que lo iba a matar si lo llamaba.

Lo que no sabía era que cuando volviera a mirar y viera sus restos despedazados, me alegraría tanto.

Esa semana me llegó la frase “la alegría salvaje de vencer al enemigo”.

De asegurar la propia supervivencia por la fuerza y la imposición.

Acto seguido, mi guía comenzó un trabajo que solamente pude ver / entender como la irrigación de mi corazón con una gran cantidad de energía, que no pude llegar a ver de dónde llegaba.

El corazón colgaba de algún lado como un fruto madurando, y la energía era tanta, que en cierto momento lo cubrió como una marea, y supe que no volvería a aparecer por un tiempo.

Alicia me pidió que le preguntara a José si faltaba algo por hacer, y éste extendió una estructura de alambre de púa alrededor de mi corazón, como un alambrado protector.

Al charlar después mi sensación de que esa estructura no era de por sí suficiente, Alicia explicitó: “estoy convencida de que lo que le va a abrir las puertas al enemigo es el alcohol. Está en vos tomar o no”.

“Te aconsejo que le pidas ayuda a tu guía para no tomar”, fue lo último que me dijo, y a partir de acá la cosa se me empieza poner espesa, porque a la semana siguiente conocí a la otra paciente de Alicia con hiv, a quien está por dar el alta por considerar finalizado el tratamiento.*

Mi guía es un gaucho, el suyo es un ángel, y dice hablar frecuentemente con Cristo.

Y yo la veo tan bien, que quisiera sentirme como ella, así que empecé a hacer esfuerzos concientes y constantes por acostumbrarme a hablar con mi guía en toda circunstancia.

Temo que dentro de poco, me encuentren hablando con ángeles.

Y no es joda.

Si me sirve, lo voy a tomar.


Entre las muchas cosas que hablamos, me preguntó por mi vida sexual, y mi contestación fue honesta: “tuve algunas experiencias desde la infección, pero ahora está todo suspendido”.

“¿Porqué suspendido?”

“No lo tengo claro, pero siento que me están apareciendo nuevos espacios emocionales, nuevas dimensiones afectivas, que todavía no terminan de cuajar”

“¿Nuevos espacios emocionales, nuevas dimensiones afectivas?”

“Si, no puedo explicarlo mejor… como que antes, aparte de coger y a veces charlar, no había mucho más para lo que quisiera una pareja. Y ahora me están apareciendo nuevas necesidades y posibilidades, otras ideas acerca de compartir mi tiempo, a mi mismo y de recibir o tener a alguien cerca, pero son demasiado nuevas para que las termine de entender o las pueda usar o satisfacer”.

“Mm.. creo que entiendo…”.

--------------------------------------------------------------

Alicia me habló de Paula, masajista.

Decidí tomar una sesión con ella, le dejé mensaje, me contestó, no me quiso decir por teléfono lo que cobraba y al encontrarnos en persona tuvimos una larga charla donde encontramos gran coincidencia de puntos de vista, y me explicó que no me había querido decir el precio por teléfono por que “algo le dijo que convenía ajustarlo en persona” y que le parecía importante, ahora en persona, aclararme que “no me
perdería el tratamiento por falta de dinero”.

Es esa clase de gente.

En esa primer sesión me trabajó los pies con delicadeza y la espalda con el codo.

Mis apoyos cambiaron en el momento y hasta el mismo viernes siguiente, mi cuerpo siguió acomodándose como resultado de ese masaje.

Cada día, algo más iba a ponerse en su lugar, solito.

Me dijo que en el trabajo había sentido que la tensión de mi cuerpo tenía que ver con un momento de “romper estructuras”.

Estructuras “que son y no son tuyas: que son tuyas porque te tocó vivirlas, y son un lugar al que volvés, pero nada más que eso”.

“Me viene constantemente la imagen del elefante encadenado”, dijo.

Dando vueltas un día en casa, me encontré pensando en aquella sensación de retorno inevitable a casa de mi madre, y en que dicha sensación había sido solamente la manifestación de un temor específico: el temor a lo desconocido porque, rompiendo los moldes de mis padres al mismo tiempo que mis lazos con ellos, me encontraba ya sin imágenes que proyectar hacia el futuro.

“A partir de ahora, todo es desconocido”, me decía, “y eso da miedo”.

Y de repente me dí cuenta de que no, no me daba miedo.

A mi no.

El que sentía miedo era mi padre, a través mío.

Me deshice del miedo desde entonces, aunque cierta desazón me acompañó todavía una semana más, hasta la segunda sesión.

La segunda sesión, Paula desempacó su repertorio esotérico y usó piedras, además de maniobras de quiropraxia y reflexología.

Empezó por repetirme, sin saber, mis propias consideraciones acerca del pecho: que contiene los dos chacras más vinculados a las emociones y sentimientos, que de su estado dependía la libre expresión y ejercicio de ellos, etc., etc.

Al terminar no solo me sentía inmensamente más liviano, sino que mi esternón ligeramente hundido, del cual se había descartado por otros profesionales que pudiera modificarse, había crujido al abrirse cerca de dos centímetros.

Por si no lo saben, dos centímetros mas de amplitud en el pecho, es un montón.

Un nuevo espacio, cerca del corazón.

“Es otro cuerpo” le dije, emocionado.

“Es el tuyo de veras” me respondió, contenta.

Me sentí lo más cercano a pleno que me sintiera en mucho tiempo, quizás en toda mi vida.

Por primera vez, bien.

Realmente bien.

A partir de ahora, todo es desconocido.



*A la fecha, ya le dio el alta. Ella continúa ahora estudiando con Alicia para aplicar lo que aprenda a su propio método terapéutico.

miércoles, 6 de enero de 2010

¿Y este piecito de quien es? (ó “I got you under mi skin”)


Para descargar el pdf y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá.


No hace tanto, la astróloga Liliana Ortiz me dijo que una característica de mi personalidad es que tiendo a disolverme: que mis fronteras se borran, que pierdo de vista donde termino yo y empieza el otro.

La comparación con mi deficiente sistema inmunológico fue evidente, pero aún así no me pareció del todo desagrable como cualidad y escribí algunas cosas, que ahora no vienen al caso.

Hace menos aún leí Promethea, donde se habla del arquetipo de la justicia como la figura que se encarga de mantener los límites bien definidos.

De colocar cada cosa en su lugar y, con la precisión de una balanza, con el filo de una espada, evitar que se corran un milímetro de donde deben ir. Cuenta que Crowley redefinió la carta del tarot “La Justicia” como “La Justeza”. Dentro del delicado equilibrio de lo que existe, el aspecto de precisión y correspondencia en la distribución de las cosas.

Cada elemento en su lugar, sin errores ni concesiones, para que no se caiga todo.

La Justicia corresponde también al reinado de Geburah, el Zephirot encargado de filtrar las impurezas de la existencia. El hígado cósmico, el sistema inmunológico de la creación.

La definición de los límites, donde empieza y termina una y otra cosa.

Hace todavía menos, aprendí que los sentimientos no se explican sino que se expresan, tuve una pelea definitiva con mi madre y hermano y tras unos meses de distancia, Alicia sugirió espontáneamente retomar un ejercicio de visualización dirigida.

Mi primer sesión con Alicia consistió en un ejercicio que ella llama “desprogramación”.



Este ejercicio consistió, la primera vez, en una visualización realizada durante un trance hipnótico leve, inducido mediante relajación. El tipo de estados descriptos en “Bases mínimas”.

La desprogramación es el ejercicio pilar del método de Ali, pero cuenta con algunos otros, que mecha cada tanto, cuando lo considera necesario, en el tratamiento.

Las visualizaciones regulares con Alicia son, por asi decir, “libres” y espontáneas: no se busca particularmente nada, y se va actuando según lo que va surgiendo.
Esta era, por así decir, “sugerida”.

Las “sugerencias” son explícitas: “estás en tal lugar, enfrente de una pared blanca, de atrás de la pared sale tu padre”.

“¿Cómo lo ves? ¿Qué hace?”

“Tanteate la espalda: tenés una mochila. ¿Cómo es? ¿Es grande? ¿Es pesada?”

“Quitátela, dásela, y decile “esto es tuyo”.

“¿Qué hace?”

“Ahora, que se vaya. De atrás de la pared viene tu madre”

Etc.



La primera vez que hicimos este ejercicio, me saqué diferentes mochilas. Una relativamente grande para mi padre, quien me hizo creer que depende económica y emocionalmente de mi desde que tengo veinte años en un caso, y desde los cinco en el otro, y cada vez mas pequeñas para mi madre y hermano.

Casi un año después de hacerlo por primera vez, Alicia consideró oportuno rehacer este mismo ejercicio.

En ese año, Alicia trajo a colación diferentes figuras para usar durante las visualizaciones, incluída la de mi “guía”: una persona, ente o figura a la que recurrir cuando me encuentro muy desorientado.
Con esta figura tuve varios problemas, fundamentalmente por la desconfianza de mi parte hacia cualquier figura con estas connotaciones.

Tuve que reformular la figura varias veces, y algunas veces mi guía fue una versión de la carta del Ermitaño, otras fue una bola informe de energía robada de la historieta “Kamandi”, después el sol mismo y, finalmente, un gaucho con marcadas características indias llamado José.

José tiene un semblante particularmente fiero y decidido y, si bien en general transmite una imagen benevolente, no tengo dudas, al mirarlo, de que es capaz de matar.

La entrada en relajación y trance habituales incluyen imaginar o visualizar el descenso por una escalera, tras lo cual me pregunta Alicia dónde me encuentro, qué veo.

Regularmente encuentro paisajes llanos y arbolados, con un horizonte amplio y variado, por los que empiezo a deambular.



Esta vez, llevado por Alicia, busqué y creé una pared blanca, detrás de la cual saldría mi padre, a quien tendría que entregar, de nuevo, la carga que le pertenece y erróneamente portaba yo.

Mi padre salió de tras la pared blanca, con la mirada confusa y torpemente sonriente, sin terminar de verme, como quién trata de convencerse de que está en un sueño y de tomar una actitud confiada, en el filo entre la estupidez y la locura.

Y yo, al tantearme la espalda, encontré que no llevaba ninguna mochila.


Buscando en mi espalda encontré mi remera, y debajo de ella, una especie de protuberancia en mi piel.

Metí la mano bajo la ropa, y empecé a darme cuenta de que mi espalda estaba tomada por una especie de pústula, parte de mi propio cuerpo.

Mi padre me miraba, quieto y distante, desde la pared blanca, y detrás el horizonte de la llanura, cuando conseguí sacarme una de estas pústulas, como quien se quita una astilla de bajo la piel, pero no era una astilla, tampoco.

Era una especie de huevo negro mate, del tamaño de una berenjena, y supe que tenía toda la espalda tomada de ellas.

Me ví momentáneamente desde fuera de mi cuerpo, y ví cómo bajo mi remera se abultaban decenas de huevos negros en el dorso de mi cuerpo, como un pedazo de carne tomado por larvas.

Mezcla de asco, horror y necesidad, empecé a quitarme, pesadamente, todos los que pude, bajo la mirada de mi padre, constantemente opaca y desviada, estúpida y sonriente.

Llegué a quitar todas las que estaban al alcance de mis manos, pero había demasiadas todavía a las que no llegaba.

“Llamá a tu guía”, me dijo Alicia.

Vino mi guía y comenzó, con la punta de un cuchillo largo, a cortarme la piel y extirpar esos huevos de larva de mi espalda.

El frío me tomó, pero sabía que no tenía otro camino.

El trabajo fue largo, eterno, y cuando terminó con mi espalda, siguió con el reverso de mis piernas.

Ambos sabíamos que él no puede curar las cicatrices de su cuchillo.

Cerca del final, sentí que alguna de esas larvas tenía una especie de raíz conectada a mi abdomen, sentí ciertos tirones en el bajo vientre cerca de la pelvis que se fueron concentrando en mis intestinos, y de mi ano empezó a salir una anguila negra, larga, fría, que quedó en el piso, viva pero inerte, retorciéndose débilmente.

Finalmente, llenamos grandes y numerosas bolsas de larvas arrancadas de mi, y se las devolví a mi padre, diciéndole “esto es tuyo, no mío”. En algún lugar estaba la anguila también.

Mi padre sonrió una vez más con los ojos turbios, como si tuviera en su mano la carta final de despertarse en su cama y desvanecerme, y se fue a mi orden silenciosa, tras la pared.
“Ahora andá por tu camino”, dijo Alicia.

Dí media vuelta y caminé una cantidad de pasos que no recuerdo, algunos cientos de metros y encontré una veta de roca dorada, con algo que vi de reojo y no pude determinar si eran pepitas de oro o granos de maíz. Ambas ideas me parecieron auspiciosas, y Alicia me llamó de vuelta a la pared blanca. Debía enfrentar ahora a mi madre.



Su mirada era más alegre y cristalina que la de mi padre, pero tampoco la enfocaba en mi.
No sé qué verán mis padres cuando me miran, pero está claro que en el fondo de mi conciencia, no creo que sea a mi realmente.

“Tanteate la espalda”, me dijo Alicia y, sorprendido, encontré una mochila pequeñita.

La reconocí de inmediato: era una mochila de cuero que mi madre usó bastante, chiquitita y de correas finitas, también de cuero.

“Quitátela y dásela”.

Al comenzar a quitármela me volvió a sorprender su liviandad, pero en seguida descubrí otra cosa: sus correas no rodeaban mis hombros. Entraban en ellos. Giraban y comenzaban a dar vueltas y enroscarse dentro de mi pecho.

La carga de mi madre también estaba dentro de mi cuerpo.

Tirando salían de mi, pero eran metros y más metros.

Al terminar la sesión, Alicia me diría “estabas involucrado”, y “mientras lo contabas, vi un pulpo muerto”.



Tuve que llamar a mi guía de vuelta, que se hizo cargo de la tarea mientras yo me limitaba a sorprenderme a medida que las cintas corrían dentro mío, saliendo, y evidenciaban su presencia en todo mi cuerpo.

Sentí que mi pecho estaba lleno de ellas, y que al terminar de salir, desenvolvían mi corazón, apresado en bandas, en varias vueltas de correa.

Que mi cerebro también estaba vendado, apretadamente envuelto, aislado de mis ojos y de todo.

Supe que estábamos llegando al final cuando sentí las correas deslizarse por mis piernas y desocupar mis pies.

No podía creer que sentía la presencia de mi madre en mis pies.

Y el final se eternizó, porque de alguna manera, salieron un par de cientos de metros mas de cinta de mi espalda, a la altura del corazón, y de la cadera, por el sacro.

Finalmente con José envolvimos todos esos cientos de metros de cintas y correas en bolsas, y se los devolví a su dueña.

Chau, mamá.

Un nuevo paseo refrescante, y enfrenté a mi hermano, cuya carga esta vez resultó ser, raramente, un carrito de minero lleno.

De los tres, la mirada menos turbia fue la suya.

Pese a saber terminado el ejercicio, me tomé unos minutos más frente a la pared blanca, ahora desierta, por primera vez solo.

Sentía mi cuerpo imaginario liviano, compacto sin ser denso, definido, sólido. Fuerte sin pesadez.
Y totalmente propio.

Recordaba la sensación de las correas saliendo de mis pies y me preguntaba adónde me llevarían ahora, que volvían a ser míos.

lunes, 4 de enero de 2010

Más bases mínimas

No sé... me embola escribir este tipo de cosas: me siento una especie de pedante que habla de lo que no sabe solamente para escucharse y ver si lo que piensa es consistente. Pero no he podido dejar de hacerlo, por un lado, y por otro son el contenido que considero mas importante de los relatos y experiencias que constituyen esta etapa del blog, así que no puedo dejar de ponerlo para dar sustento intelectual a lo que quiero contar. Una especie de machete teórico que supla la falta de talento narrativo, así como de interés por desarrollarlo.

Vale aclarar que todo lo que digo corre por mi cuenta, y que ninguna de estas afirmaciones está avalada por nadie: no por Alicia, no por Gurdjieff ni por Jung, mucho menos por el Mago.

Acaso tal vez por mi Sombra.

Muaca muaca.



Tomamos las siguientes premisas:

1- Toda persona tiene una mente que es conciente de sí misma desde la que experimenta su vida.

2- La mente conciente de sí misma es una parte del total del aparato psíquico, y es una parte minoritaria: el resto del aparato psíquico, que también constituye y se interrelaciona con los contenidos de la mente conciente es mucho mayor, y permanece regularmente fuera de la visión de la mente conciente. Permanece, justamente, en la inconciencia.


3- Todo esto tiene raíz profunda y comprometida en la vida física: el sistema nervioso y endocrino son el punto bisagra fundamental, pero hay otros niveles, como las somatizaciones musculares y posturales que, desde lo emocional y actitudinal simbolizan, expresan y realimentan la vida psíquica, conciente e inconciente. Vida psíquica y física no son lo mismo, pero vienen juntas y estrechamente vinculadas.


4- Hay estructuras innatas, inmanentes al ser humano de las que todos nacemos dotados, que constituyen parte de los contenidos de la mente, conciente e inconciente.


5- Estas estructuras cumplen la función de “órganos” psíquicos, dando sustento a la vida psíquica en todas sus manifestaciones: el pensamiento racional, afectivo, analógico, creativo, etc., etc., así como a actos mas sencillos y básicos, como el de percibir e interpretar.


6- La mayor parte de ellas pertenecen a la mente inconciente. La mayor parte de la vida psíquica y sus ramificaciones: creatividad, percepción, emocionalidad, intelecto, ocurre en la parte inconciente de la mente.


7- Algunos de estos “órganos psíquicos” son reconocibles y al menos parcialmente descriptibles.


8- Hay elementos de tradiciones esotéricas, occidentales y orientales, y del sistema de análisis junguiano, que se pueden tomar como descripciones parciales pero útiles, aplicables en la práctica, de estos órganos psíquicos.


9- Las aplicaciones prácticas de estos elementos y sus contenidos van desde la manipulación hipnótica de habilidades hasta el autodesarrollo psicológico, psíquico y espiritual, entendiendo “autodesarrollo” como el cultivo y maduración de un creciente contacto entre la realidad subjetiva y la objetiva. Obviamente, postulamos que hay una realidad objetiva y que es deseable la mayor toma posible de contacto con ella.




Todo lo que se narra en este espacio toma como eje y único objetivo legítimo la búsqueda de esta toma de contacto y acercamiento de la subjetividad a la realidad objetiva.
Dado que la mayor parte de la vida psíquica se desarrolla en el inconciente, asumimos también que

10- en el inconciente residen habilidades y poderes efectivos que la mente conciente no maneja.


Es tema de discusión dónde acaban estas habilidades y si tienen o no injerencia en la realidad objetiva, más allá de la conducta de la persona.
Pero con asumir que


11- las aplicaciones prácticas de los elementos de esoterismo y junguianos pueden desarrollar un trabajo psicológico eficaz que puede introducir cambios en la conducta de la persona


ya tenemos mas que suficiente a los propósitos de este blog.



Vistas las generalidades, vamos a presentar algunos de los elementos que mas frecuentemente se van a encontrar en la lectura de este espacio.
Son figuras que aparecen tanto en el tratamiento de Alicia Valero, como en otras fuentes, a veces en ambas, a veces en una sola.



El niño interno: representa al menos dos cosas simultáneas.
En análisis transaccional hay un concepto base que indica que las diferentes edades y etapas de la vida no se pierden al sucederse, sino que se acumulan como las capas de una cebolla.
Esto implica que en algún espacio psíquico, uno sigue siendo todo aquello que fue: un niño, un adolescente, un joven, y así.
Un hombre de sesenta años sigue pensando y sintiendo, en algún lugar de su ser, como un niño o adolescente, y mas precisamente aún, como el niño o adolescente que fue.
Mejor dicho: como el niño y el adolescente que fue, e incluso como las diferentes facetas importantes del niño que fue y de todo niño genérico (niño sumiso y niño rebelde son las categorías mas usadas en transaccional).

Estas diferentes facciones y mentalidades siguen vigentes toda la vida, cada una con sus perspectivas de la vida y sus propios objetivos.
Una persona sana, en términos de análisis transaccional, es aquella que consigue, justamente, una transacción adecuada entre las partes.
En transaccional se postula que esto se logra gracias a la mediación de la figura más adulta, que busca aceptar, integrar y satisfacer a todas las demás, pidiendo, por ejemplo, al niño rebelde que se modere, al niño sumiso que se exprese, etc.

Una de las acepciones del niño interno, entonces, es exactamente esa: una etapa histórica del individuo que permanece vigente.
Desde ese espacio mental, el individuo vive todo exactamente como un niño: las necesidades y deseos se viven sin filtro.

La otra acepción es que el niño interno es la primera línea de cada hexagrama del I Ching, que representa la naturaleza más íntima del asunto en cuestión, en este caso la persona*.
Asumimos que cada persona tiene, merced de una combinación de factores genéticos, históricos, psicológicos, culturales, etc., un perfil propio y único.
El niño interno es la expresión simbólica de ese perfil.
Es la naturaleza más íntima y el perfil único del individuo.



La sombra: esta es la única figura que reconozco como enteramente junguiana en el trabajo de Ali, pero mis lecturas junguianas son pocas.
La sombra representa todo aquello de uno mismo que uno no quiere saber que es.
Entra en esto tanto lo que rechazamos por nuestro perfil individual, como aquello que nos es culturalmente señalado como tabú.
Todo tabú tiene aparentemente relación con alguna necesidad fisiológica que se resuelve, como todas, mediante lo social: esto incluye desde la deposición hasta el sexo. Pero algunas cosas, diferentes según cada cultura e incluso según cada familia, entran dentro del campo de lo socialmente presentable o quedan fuera de el, debiendo ser realizadas fuera de la vista pública, y muchas veces con el mismo sujeto desviando la mirada.

Los ejemplos de sexo y deposiciones son los más claros, pero la sombra personal puede contener muchísimos y extremadamente variados elementos, desde miedo a la violencia propia y ajena hasta deseos frívolos, incestuosos, y un largo etcétera.
Dado que son partes propias del individuo, por más que éste no quiera saber ni que existen, no puede librarse de ellas.
El conflicto se resuelve con el mismo concepto de tabú: no hace falta erradicar el elemento tabú. Alcanza con mantenerlo fuera de la vista.
Si no se niega su existencia, sino que se la reconoce con amabilidad y se acepta que permanezca cerca pero fuera del ámbito de la conciencia, este espacio se integra alegremente a la vida cotidiana del individuo.
Dado que sus contenidos suelen tener base biológica, la buena relación con esta parte del ser libera mucha presión y energía, y otorga mucha fuerza a la persona.



El Guía o Yo Interior: es un caso delicado.
Esta figura reside normalmente por entero en el inconciente. La bibliografía sobre figuras similares parece ser abundante.

Castaneda nombra la figura del “testigo”: una parte de uno que permanentemente sabe exactamente lo que uno está haciendo y dónde está uno parado, aún cuando uno mismo no pueda verlo o no lo quiera admitir.
Stephen Mace y Crowley parecen considerar la figura del “santo ángel guardián” como aquella que tiene toda la información objetiva sobre todo lo que concierne al individuo y su circunstancia.
Lo identifico con una interpretación de la carta de El Mago, en tarot.
Parece ser la quinta línea de I Ching, el “gran hombre”.
También se lo asocia, según quien, a la actividad del séptimo chakra.
Esto se relaciona con el I Ching en que en ambos casos se adjudica al Yo Interior comunicación con una fuente de sentido objetiva y exterior a la persona.
Las especulaciones sobre qué es esta fuente de sentido objetiva y exterior apuntan a cosas tan dispares como el campo morfogenético, el inconciente colectivo, Dios, la sexta línea del I Ching y la simple realidad objetiva, interpretada por la misma figura del YS.
Dentro del sistema de Alicia, el Yo Interior es, además, la versión evolucionada del Niño Interno.

Más allá de la cantidad de habilidades y conocimientos que se le atribuyen, posee también todas las características del yo externo: la impaciencia o morosidad que lo caractericen a uno, sus virtudes y defectos.
Parece ser, pero no corroboré esto con lecturas propias, que Gurdjieff indica que el Yo interior se construye y evoluciona a sí mismo a través del diálogo con el yo ordinario y la realidad cotidiana.

Dentro del sistema de Alicia, el objetivo primordial es establecer la comunicación más límpida posible con esta figura porque, sea que tiene el machete que le pasa dios, o que simplemente se ubica en una especie de mirador o atalaya metafísico (recordemos que se lo llama también "yo superior" o higher self) , posee información importante e imprescindible para la vida cotidiana.

La comunicación con esta figura se logra por el silencio interno, al que se llega paulatinamente a través de la limpieza del ruido que ejercen los traumas y vicios mentales por un lado, y del ejercicio práctico de intentarlo, por otro.

El hecho de que el Yo Interior, en la concepción de Alicia no tenga acceso a la figura, de “la computadora”, implica lo que aparentemente dice Gurdjieff: el Yo Interior necesita, para tener una influencia armoniosa en la vida de la persona, tener contacto relativamente fluído con la mente conciente o yo externo.

El establecimiento de una adecuada relación entre estas tres figuras y otras que aún permanecen menos claras para mí, constituye la renovación de los personajes de la galería y la reprogramación de la computadora, previamente reseñadas.

Aparentemente, logrado cierto silencio y limpieza interiores, e incluso desde antes y como parte del proceso de limpieza, el Yo Interior provee los contenidos ideales para la reprogramación, que acceden entonces a la computadora con el concurso y permiso de la mente conciente.

El sentido de todo esto, repetimos nuevamente, es alinear a la persona con lo central de su personalidad y proveerla de un equilibrio psíquico que le brinde autonomía en la satisfacción de sus necesidades, o la capacidad de desarrollarla.




Además de estas tres figuras, en mi propia experiencia aparecen y son relevantes también las figuras materna y paterna y todo tipo de simbolismos fálicos y vaginales. He presenciado además repetidas apariciones de diversas cartas de tarot.
En la práctica de sofrología, esto puede explicarse sin necesidad de recurrir a la idea de que tengan existencia objetiva en el inconsciente colectivo, aunque sea la que yo abono, sino que puede simplemente ser parte de mi bagage personal adquirido.
La práctica del mazo viviente (todos los artículos al respecto, acá), sin embargo, parece indicar que si tienen existencia propia, aunque es prematuro afirmarlo.
También es regular durante las sesiones de sofrología la manifestación visual de símbolos de rei ki, y de contenidos aparentemente vinculados a la función específica de cada símbolo, aunque eso también está en observación.
De llegar alguna vez a corroborarlo, esto indicaría que los símbolos de rei ki también tienen existencia propia, objetiva e independiente, y que son parte del repertorio de estructuras innatas y órganos psíquicos propuesto más arriba.

Es permanente también la aparición de símbolos mucho mas heterodoxos y de significación más puntual y misteriosa o poco evidente. Iremos ejemplificando con el correr de las transcripciones de sesiones y eventos relacionados.


Una última premisa, que NO asumimos en este espacio, pero que es tema permanente de discusión en el ambiente así que merece exponerse, es la de que estas estructuras psíquicas inmanentes tienen no solo existencia objetiva, sino también injerencia y poder objetivo sobre la realidad externa al individuo, a la manera que plantea el hexagrama 31, el Influjo: “relaciones efectivas y objetivas con la realidad”, que pueden afectarla de manera sutil.

No me atrevería a postular eso, ni me parece necesario: alcanza con aceptar la existencia de las figuras nombradas (el niño interno, la sombra, la computadora, la galería de personajes y el yo interior) y la corrección de sus atribuciones más modestas para dar por sentada su importancia y capacidad efectiva de contribuir a la vida cotidiana de manera mucho mas efectiva y contundente que una u otra fantasía acerca de “las fuerzas sutiles”.


*en una charla con Alicia posterior a la publicación de este post, ella desestimó totalmente esta idea. Yo la voy a mantener hasta que encuentre una mejor con la que reemplazarla, o termine de entender su planteo de que la primer línea son "los ancestros, lo genético, las tribus de los antepasados". Sabe dios de qué habla, la puta que la parió.