De qué se trata esto?

lunes, 24 de octubre de 2011

La Rueda de la Fortuna

Tardó, pero valió la pena.
Quiero decir: la pasé re bien colgando y haciendo otra cosa todo este año.
Porque Javi hizo lo suyo en menos de diez días, contundente como siempre.
Uno de esos espíritus de núcleo denso y superficie volátil.
Su visión del paso del tiempo.





























Más de Javi, acá, acá y acá (y en muchos lados más, el tipo es una máquina).


Más de la carta, acá.

viernes, 15 de julio de 2011

Che, limé

Dejó de tener sentido mantener la producción en diferentes blogs.
Todo lo que se narra en este continuó acá y fue posteriormente abandonado.
Pero hay más.

sábado, 23 de octubre de 2010

mudanza vieja

Hace mucho que me dio paja mantener más de un espacio actualizado. Todo sigue en

miércoles, 14 de julio de 2010

Sesión 01 07 2010

Tras casi seis meses de pausa, me siento medio perdido y estancado, y arreglo una sesión con Alicia.
El día anterior tengo una charla con Luc, le cuento que me aburro, que estoy medio harto de todo.
Me pregunta espontáneamente “¿a vos lo lúdico te sale solamente cuando hay chicos cerca, no?”.
Con la claridad con que se ve lo que siempre estuvo ahí respondo, sorprendido, que si.
La idea me queda picando todo el día.

El reencuentro con Alicia es un poco tenso, lo primero que hace es volver a criticarme, básicamente, todo.
Recuerdo que por esto me fui meses atrás. Pero en los últimos días vengo tomando overdosis de ginseng y, sorprendentemente, me pone de muy buen humor, así que consigo callarme hasta el momento de decirle que considere lo dicho como dicho, que no estoy de acuerdo y que lo dejemos de lado.
“Pero si no estás de acuerdo con esto, mi terapia no te va a servir de nada”, dice.
Le digo que tampoco estoy de acuerdo con eso, y que nada más probemos.

Con la flexibilidad que la caracteriza, da inicio al trabajo.

Lo primero que veo al entrar en trance es a mí mismo, desnudo, corriendo hacia una puerta tras la cual se ve aire libre y colores muy intensos.
Apenas la cruzo todo se convierte en un conjunto de colores muy, muy brillantes que giran, como un juguete de plástico visto desde demasiado cerca.

Noto que hay más cosas iguales girando, pero no consigo abstraer la mirada lo suficiente para tener una perspectiva. La sensación que acompaña todo es de mucha alegría, mayormente, y una pequeña angustia simultánea por no lograr una panorámica.
La perspectiva me recuerda la de la visión infantil, con todo muy cerca, y me suena peligrosa.
Pero los colores son brillantes, y la sensación base es de mucha alegría.

Las cosas de colores girando son una especie de parque de diversiones, se vuelve evidente.
Un Rogelio niño, también desnudo, está muy contento de verlo, y por un rato me abstraigo en eso, aunque la sensación de peligro por la falta de perspectiva sigue sonando como una alarma obsesiva a volumen mínimo.
De repente aparece una segunda sensación de disconformidad: está bueno quedarse, y no lo está.
También hay que moverse.

Aparecen los pies de un Rogelio gigante, enorme, con la cabeza por las nubes, que tras un momento toma el parque de diversiones entero en sus manos y, sosteniéndolo cerca del pecho, se lo lleva tras las colinas.

Entre todos los juegos de plástico brillante, hay un rincón hecho de carne violeta. El color es la indicación de un estado, una especie de angustia o depresión.

Cuando Rogelio gigante apoya el parque de diversiones en su nueva locación, veo a Rogelio niño, contentísimo, con las manos en la cintura como un patrón de estancia. Disfruta por anticipado todo lo que va a jugar. Es totalmente cierto, pero la sensación de peligro no me abandona.

Rogelio niño se lanza a jugar, corre, salta, aparece en todos los juegos casi a la vez. Sé que está en el máximo de alegría posible, pero su excitación me parece peligrosa, como cuando veo niños con exceso de coca cola en mac donalds.
Aparecen muchos más nenes, todos juegan en mi parque de diversiones. Todos corren, saltan, juegan totalmente olvidados de todo lo que no sea jugar y excitados al mango.
Una parte mía permanentemente espera el desborde: que se choquen, se caigan, se peleen.
Tanta energía y tanto movimiento no pueden existir en armonía.

De esta preocupación se empieza a abstraer, a rezumar, un Rogelio de treinta años, también desnudo. No sé que onda, la desnudez, hoy. No me molesta, en todo caso.
Este Rogelio treintañero, exudado de la preocupación empieza a sentirse triste. Por el inevitable y seguramente cercano quiebre de la alegría.
Ve a Rogelio chico, que de repente convoca a todos los chicos del parque para decirles algo, proponerles un juego.
Se pone más triste, porque sabe que no va a funcionar: que no le van a hacer caso, o que le van a hacer caso y muy rápidamente se van a dar cuenta de que la propuesta carece de interés y gracia.

Una imagen de Rogelio chico en la oscuridad, parcialmente atado al suelo por barro desde los pies hasta los hombros aparece enseguida. Sé que lo lastro, me identifico con Rogelio de treinta, descreído, y sé que lo lastro. Que mi falta de fe le pesa a Rogelio chico.

Me amargo y me retraigo más aún, y aparezco, treintañero, enfurruñado y desnudo, sentado en el lugar violeta del parque de diversiones. Ese lugar era yo desde el principio, noto.

Me doy cuente de que mi presencia es incompatible con la diversión: mientras yo esté, los chicos no van a poder divertirse. Rogelio chico no va a ser totalmente libre de abandonarse al juego y la alegría despreocupada.
Porque mi preocupación, y mi falta de confianza le pesan y lo coartan.

Noto que no puedo cambiar de actitud. Deseo que todo fluya, pero simplemente no encuentro el lugar desde dónde cambiar mi actitud.
No puedo.
Me rindo.

Recuerdo un Rogelio que tuvo que ser quemado por no poder abandonar, por estar anclado a un recuerdo irremediable.
Voluntariamente incendié la habitación donde había ocurrido eso en mi visualización, pero el Rogelio victíma de esa habitación no podía abandonarla.
Un fantasma encadenado.
Así que le prendí fuego a la habitación y lo dejé adentro.
A que muriera.
Si tu ojo izquierdo.

Me asusté, dolorido, al recordar eso, pensando que tal vez debería hacerlo de nuevo.
No quería, pero tampoco quería ser el lastre ante la alegría de vivir de mis otras partes. Y no conseguía cambiar de actitud. Y no veía otra salida. Y no sabía cómo hacerlo, tampoco.

Aparece Rogelio chico, muy sereno, frente a Rogelio treintañero enfurruñado, con el que sigo identificado. Soy yo. Con el diálogo mudo de las visualizaciones, Rogelio chico me cuenta, con una seriedad muy sencilla y dulce, que no esto no puede ser sin Rogelio grande.
No hay fiesta sin mí.
No puedo morir, no tengo que irme, ni transformarme, ni nada.
Nada más que estar.
Se lo ve tan serio, tan confiado. No está enojado de que le estropee la fiesta, no comparte mi falta de confianza. Confía en sí mismo, y extrañamente, en mí también.

Está absolutamente sereno, en una pausa de su juego frenético, sin inercia: no hay agitación, no hay backlash por frenar su acelere, no hay tristeza ni impaciencia. Está totalmente centrado y seguro.
Es intocable, lo sé. Nada puede tocar ya a Rogelio chico.

Me quedo, aferrado a mi desconfianza. No sé qué hacer, cómo dejar de ser un lastre.

Y escucho, desde algún lado, a Rogelio gigante, con los pies en la tierra, la cabeza en las nubes y un ojo mirándonos por alguna ventana. Dice que él nos lleva, que nos sostiene a todos.
A todos: a todo el parque de diversiones, y a mi también.
A Rogelio enfurruñado también.

La misericordia de la afirmación sopla como un viento a mi alrededor, me quedo quieto mientras veo a Rogelio gigante llevando todo, a Rogelio chico que se retira a esperarme y simultáneamente me acompaña, y me desidentifico de Rogelio enfurruñado.

Y lo veo, pasando los segundos, aliviarse. Aburrirse de estar autoexcluído. Darse cuenta de que no es responsable de lastrar a nadie, y tampoco es responsable de sostener a nadie. Hay uno más grande, que lo sostiene todo. Y la culpa da lugar, en pasos sucesivos e instantáneos, al aburrimiento, a la curiosidad, a las ganas de ver qué pasa afuera.
Se levanta y sale, se acerca a los niños que juegan.
Se mezcla entre ellos.
Salgo del trance.

Nos abrazamos con Alicia, no sé si piensa que esto sirvió, pero estamos contentos. Muy contentos.

No quedamos en otro encuentro.

























Mi parque de diversiones visto por Sanx.

Sesión 01 07 2010

Tras casi seis meses de pausa, me siento medio perdido y estancado, y arreglo una sesión con Alicia.
El día anterior tengo una charla con Luc, le cuento que me aburro, que estoy medio harto de todo.
Me pregunta espontáneamente “¿a vos lo lúdico te sale solamente cuando hay chicos cerca, no?”.
Con la claridad con que se ve lo que siempre estuvo ahí respondo, sorprendido, que si.
La idea me queda picando todo el día.

El reencuentro con Alicia es un poco tenso, lo primero que hace es volver a criticarme, básicamente, todo.
Recuerdo que por esto me fui meses atrás. Pero en los últimos días vengo tomando overdosis de ginseng y, sorprendentemente, me pone de muy buen humor, así que consigo callarme hasta el momento de decirle que considere lo dicho como dicho, que no estoy de acuerdo y que lo dejemos de lado.
“Pero si no estás de acuerdo con esto, mi terapia no te va a servir de nada”, dice.
Le digo que tampoco estoy de acuerdo con eso, y que nada más probemos.

Con la flexibilidad que la caracteriza, da inicio al trabajo.

Lo primero que veo al entrar en trance es a mí mismo, desnudo, corriendo hacia una puerta tras la cual se ve aire libre y colores muy intensos.
Apenas la cruzo todo se convierte en un conjunto de colores muy, muy brillantes que giran, como un juguete de plástico visto desde demasiado cerca.

Noto que hay más cosas iguales girando, pero no consigo abstraer la mirada lo suficiente para tener una perspectiva. La sensación que acompaña todo es de mucha alegría, mayormente, y una pequeña angustia simultánea por no lograr una panorámica.
La perspectiva me recuerda la de la visión infantil, con todo muy cerca, y me suena peligrosa.
Pero los colores son brillantes, y la sensación base es de mucha alegría.

Las cosas de colores girando son una especie de parque de diversiones, se vuelve evidente.
Un Rogelio niño, también desnudo, está muy contento de verlo, y por un rato me abstraigo en eso, aunque la sensación de peligro por la falta de perspectiva sigue sonando como una alarma obsesiva a volumen mínimo.
De repente aparece una segunda sensación de disconformidad: está bueno quedarse, y no lo está.
También hay que moverse.

Aparecen los pies de un Rogelio gigante, enorme, con la cabeza por las nubes, que tras un momento toma el parque de diversiones entero en sus manos y, sosteniéndolo cerca del pecho, se lo lleva tras las colinas.

Entre todos los juegos de plástico brillante, hay un rincón hecho de carne violeta. El color es la indicación de un estado, una especie de angustia o depresión.

Cuando Rogelio gigante apoya el parque de diversiones en su nueva locación, veo a Rogelio niño, contentísimo, con las manos en la cintura como un patrón de estancia. Disfruta por anticipado todo lo que va a jugar. Es totalmente cierto, pero la sensación de peligro no me abandona.

Rogelio niño se lanza a jugar, corre, salta, aparece en todos los juegos casi a la vez. Sé que está en el máximo de alegría posible, pero su excitación me parece peligrosa, como cuando veo niños con exceso de coca cola en mac donalds.
Aparecen muchos más nenes, todos juegan en mi parque de diversiones. Todos corren, saltan, juegan totalmente olvidados de todo lo que no sea jugar y excitados al mango.
Una parte mía permanentemente espera el desborde: que se choquen, se caigan, se peleen.
Tanta energía y tanto movimiento no pueden existir en armonía.

De esta preocupación se empieza a abstraer, a rezumar, un Rogelio de treinta años, también desnudo. No sé que onda, la desnudez, hoy. No me molesta, en todo caso.
Este Rogelio treintañero, exudado de la preocupación empieza a sentirse triste. Por el inevitable y seguramente cercano quiebre de la alegría.
Ve a Rogelio chico, que de repente convoca a todos los chicos del parque para decirles algo, proponerles un juego.
Se pone más triste, porque sabe que no va a funcionar: que no le van a hacer caso, o que le van a hacer caso y muy rápidamente se van a dar cuenta de que la propuesta carece de interés y gracia.

Una imagen de Rogelio chico en la oscuridad, parcialmente atado al suelo por barro desde los pies hasta los hombros aparece enseguida. Sé que lo lastro, me identifico con Rogelio de treinta, descreído, y sé que lo lastro. Que mi falta de fe le pesa a Rogelio chico.

Me amargo y me retraigo más aún, y aparezco, treintañero, enfurruñado y desnudo, sentado en el lugar violeta del parque de diversiones. Ese lugar era yo desde el principio, noto.

Me doy cuente de que mi presencia es incompatible con la diversión: mientras yo esté, los chicos no van a poder divertirse. Rogelio chico no va a ser totalmente libre de abandonarse al juego y la alegría despreocupada.
Porque mi preocupación, y mi falta de confianza le pesan y lo coartan.

Noto que no puedo cambiar de actitud. Deseo que todo fluya, pero simplemente no encuentro el lugar desde dónde cambiar mi actitud.
No puedo.
Me rindo.

Recuerdo un Rogelio que tuvo que ser quemado por no poder abandonar, por estar anclado a un recuerdo irremediable.
Voluntariamente incendié la habitación donde había ocurrido eso en mi visualización, pero el Rogelio victíma de esa habitación no podía abandonarla.
Un fantasma encadenado.
Así que le prendí fuego a la habitación y lo dejé adentro.
A que muriera.
Si tu ojo izquierdo.

Me asusté, dolorido, al recordar eso, pensando que tal vez debería hacerlo de nuevo.
No quería, pero tampoco quería ser el lastre ante la alegría de vivir de mis otras partes. Y no conseguía cambiar de actitud. Y no veía otra salida. Y no sabía cómo hacerlo, tampoco.

Aparece Rogelio chico, muy sereno, frente a Rogelio treintañero enfurruñado, con el que sigo identificado. Soy yo. Con el diálogo mudo de las visualizaciones, Rogelio chico me cuenta, con una seriedad muy sencilla y dulce, que no esto no puede ser sin Rogelio grande.
No hay fiesta sin mí.
No puedo morir, no tengo que irme, ni transformarme, ni nada.
Nada más que estar.
Se lo ve tan serio, tan confiado. No está enojado de que le estropee la fiesta, no comparte mi falta de confianza. Confía en sí mismo, y extrañamente, en mí también.

Está absolutamente sereno, en una pausa de su juego frenético, sin inercia: no hay agitación, no hay backlash por frenar su acelere, no hay tristeza ni impaciencia. Está totalmente centrado y seguro.
Es intocable, lo sé. Nada puede tocar ya a Rogelio chico.

Me quedo, aferrado a mi desconfianza. No sé qué hacer, cómo dejar de ser un lastre.

Y escucho, desde algún lado, a Rogelio gigante, con los pies en la tierra, la cabeza en las nubes y un ojo mirándonos por alguna ventana. Dice que él nos lleva, que nos sostiene a todos.
A todos: a todo el parque de diversiones, y a mi también.
A Rogelio enfurruñado también.

La misericordia de la afirmación sopla como un viento a mi alrededor, me quedo quieto mientras veo a Rogelio gigante llevando todo, a Rogelio chico que se retira a esperarme y simultáneamente me acompaña, y me desidentifico de Rogelio enfurruñado.

Y lo veo, pasando los segundos, aliviarse. Aburrirse de estar autoexcluído. Darse cuenta de que no es responsable de lastrar a nadie, y tampoco es responsable de sostener a nadie. Hay uno más grande, que lo sostiene todo. Y la culpa da lugar, en pasos sucesivos e instantáneos, al aburrimiento, a la curiosidad, a las ganas de ver qué pasa afuera.
Se levanta y sale, se acerca a los niños que juegan.
Se mezcla entre ellos.
Salgo del trance.

Nos abrazamos con Alicia, no sé si piensa que esto sirvió, pero estamos contentos. Muy contentos.

No quedamos en otro encuentro.

























Mi parque de diversiones visto por Sanx.

martes, 8 de junio de 2010

Sesión 11 enero 2010

Agujas en el pie, entonces astillas. Recuerdo de infancia. Me clavaba astillas del piso de madera y Felisa las sacaba con una aguja. Imágenes de la casa de entonces. Pasa Rogelio niño de un año con un carrito, luego con una locomotora de juguete. Rogelio de seis lo acompaña. En algún lugar flotan mi madre y mi tía, sé que no les gusto.
Veo la panza de mi madre dentro de un vestido azul o verde, desde la perspectiva de un niño de cinco años. De repente mi madre está desnuda, comento a Alicia que esto me recuerda sospechas que tuve: acusé públicamente a mi tía de abusar sexualmente de mi, y desde siempre dudé de si no estaría yo usando eso para no confrontar otra situación similar, previa, con mi madre.
Veo la vagina de Felisa.
La veo húmeda, siento sabor a vagina húmeda y veo sus rulos, rubios.
Hay imágenes confusas, una especie de tobogán en forma de U con un Rogelio niño en la punta, pero de repente se dibuja una serpiente, una especie de cobra en posición de ataque. Todo se desdibuja, llamo a mi guía.
Aparece como un fantasma azul eléctrico caminando sobre / cerca de una serpiente. Ambos son gigantes sobre un orbe terráqueo que parece un asteroide bajo ellos.
Mi guia toma la serpiente, la escena entra en un loop, oscila entre un paso y otro, hasta que de repente noto la tensión en mis bíceps. Mi dos brazos están haciendo fuerza, y noto la cabeza de la serpiente dentro de cada uno, moviendo la lengua.
Me parece bien, y como una respuesta a mi aceptación, todo mi cuerpo comienza a transparentar una piel de serpiente, un cuerpo de serpiente bajo mi piel.
Lo acepto cada vez más y más, y sus ojos aparecen en mi pecho.
Finalmente, mi propia cara esconde la cara de una serpiente fantasmal, que comienza a solidificarse de a poco dentro de mí.
Me parece bien, fríamente bien.
Terminamos la sesión.

sábado, 1 de mayo de 2010

Archivos de Desprogramación - I

No puedo explicar el orgullo que produce tener producción gráfica propia del blog.
No es que yo tome un lápiz, pero me pone orgulloso igual.
Sobre todo por la talla de los contribuyentes.
Esta vez: María Eugenia Sandín.

-------------------------------------------------------------

Para descargar el archivo y leerte esto cómodamente en el baño, el bondi o la cama, hacé click acá. (6 páginas)


--------------------------------------------------------------

Por motivos X, mi amigo Tito le cuenta un día mis tribulaciones a su psicóloga, Alicia, y ésta le encarga que me pase el mensaje de que me regala una sesión.
Yo estaba en aquel momento intentando seriamente con un psicoanalista freudiano, el primero en mi larga vida que me pareciera inteligente al mismo tiempo que comprometido, pero dada una cantidad de circunstancias, estaba abierto a lo alternativo también.
Y no sabía que la primer sesión es, muchas veces, todo el tratamiento que Alicia aplica.
En ella aplica una técnica llamada “desprogramación” en la cual, mediante hipnosis liviana por relajación se instala la sugestión muy específica –aceptada por la persona, claro, como toda forma de hipnosis no funciona sin consentimiento del sujeto- de asumir con uno mismo el compromiso del autodesarrollo y la superación de los límites que impiden la autorrealización.
Esto, muy grosso modo.
Si quieren más info sobre la desprogramación, pueden revisar acá.

Una de las características más llamativas del método de Alicia, es que se ejerce a partir de la comunicación directa con el subconsciente, no mediada –mínimamente mediada, sería mejor dicho- por la interpretación de la conciencia.
Esto se logra a través del mismo estado de trance de la desprogramación, en el cual la información y contenidos del sub e inconsciente emergen de modo simbólico y se visualizan a la manera de los sueños lúcidos.
Más info sobre esto, acá.

En ambos casos, la persona entra en relajación, llega cerca del estado de sueño y, espontánea o dirigidamente, comienza a “ver” cosas, del mismo modo que se ven en un sueño.
Yo ya tenía experiencias propias, espontáneas, de este tipo de cosas, y bastante lectura al respecto.
Lo que no sabía, ni había experimentado, es que cuando la visualización se “dirige”, esto es, la persona que guía la relajación sugiere o indica cosas a encontrar, ver o hacer al sujeto que se relaja, igualmente hay un gran espacio a lo espontáneo.
Esa fue la primer sorpresa en el trabajo con Alicia: descubrir que ella podía darme una indicación clara pero abierta, a lo cual yo no me quedaba en blanco, ni respondía con algo que supiera de antemano o pudiera explicar ni, mucho más significativo, descartar como desprovisto de sentido.
Por más que no pudiera explicar el sentido de las cosas que visualizaba, no podía tampoco decir honestamente que no me parecieran importantes o cargadas de significado.
Siempre surge algo que se corresponde con las indicaciones pero es inesperado e inexplicable desde la perspectiva de lo que uno hubiera querido hacer o ver.
El ejercicio de la desprogramación en sí consiste en una sencilla visualización en la cual uno aparece en un cuarto y, previas idas y venidas que hacen a la cuestión de practicarla pero no de contarla, comienza a, literalmente, “sacudirse de encima” las cosas que inconscientemente ya tiene identificadas como trabas y límites a su realización.
La forma de “sacudírselas” es, dentro de la visualización, sacudir con fuerza los pies, primero uno y luego el otro, como buscando despegar algo que estuviera pegado a la planta.
Sorprendentemente, siempre ocurre algo en este momento. Siempre se despega algo.
Hay sentidos y significados asignados a los lados del cuerpo y a los objetos o sustancias que se desprendan de cada pie, pero ni las conozco todas (muchas se asignan intuitivamente), ni es necesario saberlas para la aplicación o descripción del ejercicio.
Y sí es necesario, por la remota casualidad de que algún lector un día se aplique este ejercicio, evitar las ideas preconcebidas al respecto, para garantizar la espontaneidad de las visualizaciones.
Por este motivo no cuento el ejercicio completo ni lo poco que sé sobre los emergentes simbólicos.
De cualquier modo, muchos de ellos son evidentes a simple vista, o por lo menos se puede apreciar la consistencia, a lo largo de los testimonios.
En cierto momento, por equis causas, decidí aprender la técnica de desprogramación de lo negativo, y la practiqué un tiempito, en el cuarto de la pensión donde vivía en ese momento.
La sigo aplicando a quien lo pida, claro.
Aquí transcribo dieciséis casos.

Entre las cosas que no es necesario contar, figura el qué se hace con lo que sale del cuerpo en cada caso, y lo que llamo la “reprogramación abierta de lo positivo”, que consiste básicamente en visualizar un baño de luz que inunda el cuerpo, para ocupar con algo simbólica y contundentemente positivo –luz- el espacio psíquico abandonado por todo aquello de lo cual uno se compromete a “vaciarse”.
Todo esto tiene un correlato en la acción, donde uno “actúa” de diversos modos simbólicamente fuertes lo que hace en la visualización.
Uno de estos modos es la quema de la lista de cosas de las que uno se quiere desprender.
Esta lista se escribe antes de hacer el ejercicio y es absolutamente personal: quien guía el ejercicio no tiene porqué saber los contenidos de la lista, y de hecho es mejor que no los sepa para no inhibir al ejecutante al momento de confeccionarla.
La quema de la lista se realiza con fósforos, en un espacio preparado a tal fin, y se considera que la cantidad de fósforos que se usan para reducirla a cenizas, así como qué es lo último en quemarse, son indicios reveladores acerca de cuanto tiempo tardará en completarse la desprogramación, y qué es lo que más va a tardar.

A continuación, los casos, con algunas indicaciones particulares cuando es relevante. Las edades son mayormente calculadas a ojo, es el tipo de cosas que no se me ocurre preguntarle a nadie, pero a la hora de quitarse el equipaje sobrante tiene importancia.
En la narración salto casi todos los pasos de la entrada en relajación y visualización y transcribo directamente lo que sale de cada pierna al sacudirla, y la quema de la lista.
Vale la pena aclarar que, a pesar de estar en una relajación bastante profunda y visualizando, la gente mantiene la capacidad de hablar y conversar, que es la forma a través de la cual monitoreo, mediante preguntas claras, lo que va ocurriendo dentro de sus mentes. El escenario, de este lado, es una persona acostada en el piso y hablando poco y cada tanto, y yo sentado en un silla cerquita, preguntando y tomando notas en un cuadernito.
Del otro lado, depende de cada uno. Estos son algunos fragmentos que llegan de allá para acá.

----------------------------------------------------------------------------


Algún día de fines de agosto de 2009

GP (varón, 36 años). Somos amigos desde hace años, conozco buena parte de su problemática, y lo que sale en cada caso (o pie) me parece coherente con lo que sé de el.
Me sorprende descubrir que en mi primer desprogramación, ya conozco el clima: cuando enseñaba masaje inducía una relajación a los estudiantes en todas las clases. Se produce una empatía con una textura muy particular entre “relajante” y “relajandos”: no la esperaba, pero la reconozco en seguida.

Entra en trance y salen de su pierna derecha, textualmente: “rosa” (¿color? ¿líquido?) – “sangre” – “petróleo” (eso aclara lo anterior, supongo).

De la pierna izquierda, “tinta negra, aguada” – cuesta más, tarda mucho, se pone espesa y termina.
La luz que ve en la reprogramación abierta de lo positivo, que llena su cuerpo, es celeste. No sé qué significa eso, tengo que preguntar.

Usa cinco fósforos para quemar la lista.


DV (varón, 38 años). También tenemos relación, pero no conozco toda su problemática. Nótese la similitud con los contenidos de GP, que también son consistentes con lo que Alicia me dictó como emergentes probables y regulares. Al llegar al momento de sacudir su pierna, sale de su pierna derecha “petróleo” (de vuelta textualmente).
De la pierna izquierda: “líquido amarillo” – “líquido marrón”.

Usa un solo fósforo, la quema es rápida, completa.


MP (mujer, 40 y algo?). Tenemos amistad personal, ejercida como se puede en esta acelerada vida moderna. La quiero mucho, pero detesto sus modismos jipis como el uso indiscriminado de la palabra “energía” (que usada, por ejemplo, en la frase “todo es energía”, no significa nada), y cierta tendencia forzada hacia la armonía, encubriendo un fondo bastante claro de emociones negativas rechazadas. Las primeras emergencias de su visualización coincidían con estos prejuicios míos. Ya había sido advertido de que ciertas cosas no deben ser permitidas durante el ejercicio porque son resistencias por miedo o apego, y las censuré mediante la simple frase “eso no se corresponde con tu realidad” o “eso no es, seguí”.

Pierna Derecha: “energía” – “blanco” – “una bola negra!”

Aquí tuve una visualización propia, espontánea: ví una bola negra cayendo de su pie, en dos momentos. En el primero, tenía el tamaño de una bola de pin pon y salía de su pie, era de una sustancia oleosa y concentrada. En la segunda, bruscamente había aumentado su tamaño hasta el de un auto chico, mientras caía en un mar de la misma sustancia oscura, que instintivamente tomé como detritos.

Pierna Izquierda: “nada” – tarda mucho, interpreto resistencia pero no hay nada más que hacer que insistir y esperar– “algo, no sé qué” – “polvo oscuro” – termina pronto, lo considero satisfactorio.

Un fósforo, rápido, completo. El papel queda carbonizado, pero casi íntegro, de modo que se puede leer el texto todavía.

28 08 2009

L (mujer, 25 años?)

Tarda en encontrar el espacio de trabajo dentro de su visualización.
Pierna Derecha: “azul con verde” – “negro” – “violeta” – “celeste” – termina.

Pierna Izquierda: “líquido rojo” – “negro” – “celeste” – “blanco” – “rosa” – “amarillo” – “lila” – “blanco” (mucho) – termina.

Ve la luz inmediatamente, viene de una estrella, ella es la estrella.
Toma dos fósforos pegados, la lista arde en seguida, completa. Tira las cenizas ahí mismo, en el tacho de mi habitación.


29 08 2009

K (mujer, 22 años?)

Pierna Derecha: “polvo”.

Pierna Izquierda: “polvo más espeso”.

Visualiza muy rápido. Abolla el papel, usa cinco fósforos. Al principio arde muy lento, al final rápido.

J (varón, 30 años)

Pierna Derecha: “como agua” – “como una pelota que se despega” – “parece que se va, pero vuelve”. Asumo que es su personalidad obsesiva, la reconozco por la mía propia y le indico que no, que se va de veras. Termina.

De su pierna izquierda sale “como agua oscura”.

Todo rápido, incluso la quema inicial del papel, pero quedan restos. Llegamos a diecinueve fósforos.


15 11 2009

JM (varón, 30 años?). No tenemos relación, excepto una lectura de carta previa que le hiciera, y a raíz de la cual le sugerí tomar la desprogramación.

Pierna Derecha: “petróleo con soles” – “una cara que conozco” – “un cocodrilo” – “martillos”.
Evidentemente no esperaba estas manifestaciones, pero se lo toma con simpatía.

Pierna Izquierda: “una soga” – “dos caras que conozco” – “una situación” – “una cinta”.

Usa ocho fósforos.

NO (mujer, 27 años?) Nos conocimos en la misma situación que con JM.

Pierna Derecha: “agua” – “luz cálida” – “late” – “cosquillas”.

Pierna Izquierda: “algo pesado” – “una piedra” – “siento un hueco”.

Diez fósforos.


23 11 2009

I (mujer, 25 años?) Tenemos poca relación, sabía que andaba con problemas personales pero sin mayores detalles.

Pierna Derecha: “un cacho de sombra” – “cordón”.

Pierna Izquierda: “algo blanco y azul”.

La sesión es difícil, hay mucho ruido, es interrumpida de repente por la entrada de una persona en la habitación, pero la completamos.

No tomé nota de los fósforos.

13 12 2009

C (mujer, 23 años?)

Pierna Derecha: “líquido amarillo” – no sé bien qué”.

Pierna Izquierda: “se me salió el zapato” – “rayos azules”.

Usa cuatro fósforos. Me sorprende la poca cantidad de elementos de su visualización, pero no es cuestión de buscarle el pelo al huevo.

JL (varón, 27 años)

Pierna Derecha: “sombras” – “arena” – “agua”.

Pierna Izquierda: “humo” – “polvo rojo” – “la zapatilla” – “la media” – “algo pegajoso”.

Al quemar la lista primero la arruga comprimiéndola, luego está pendiente de todo, muy encima del fuego, constantemente avivándolo o intenando apurar el proceso.
Usa veintiocho fósforos.
Es llamativo que ambos perdieran la zapatilla al sacudir el pie, no le pasó a otras personas.

08 01 2010

M (varón, 20 años). Nos conocemos poco, pero es claro que no se hace problemas al pedo.

Pierna Derecha: “como sombras”. Termina muy rápido.

Pierna Izquierda: “como pinchos o agujas”. Dura un poco más.

Rompe la lista, arde a la primera. Dos fósforos.


12 01 2010

C (mujer, 21 años). Conozco parte de su historia. Es la razón de que le insistiera en que hiciera esto. Si bien encuentro coherencia, también me sorprenden algunas cosas, por ejemplo la aparentemente poca cantidad o fuerza simbólica de lo que sale de sus pies, hasta la explicación a posteriori que me da.

Pierna Derecha: “raro” – “ropa” – “pez” – “cráneo” – “ropa femenina” – “algo que no quiere salir” – “salió pero no lo veo”.

Pierna Izquierda: “un juego de te” – “pelo” – termina.
Luego cuenta: “había una sensación muy desagradable desde el plexo hacia abajo, que se iba vaciando hasta que salió del todo, pero no pude ver qué era”. La forma en que la nombra me da la pauta de que lo importante salió.

Tres fósforos.


18 01 2010

CB (mujer, 40 años?). Llegó por internet: leyó la descripción de la desprogramación en el blog y le itneresó.

Pierna Derecha: “corchos”.

Pierna Izquierda: “botones de diferentes colores”.

Olvida hacer la parte de recibir la luz. Lo considero medianamente significativo, no demasiado. Completa el ejercicio.
Saca la lista más extensa que haya visto: tres hojas.
Pero lo resuelve con tres fósforos.


25 01 2010

M (varón, 38 años?). Tenemos relación artística y amistad, me hace al aguante además con casi todos los emprendimientos, y éste le interesó particularmente.

Pierna Derecha: “una manguera o una víbora negra” – “huevo blanco”

Pierna Izquierda: “luz amarilla y rosada” – “huevitos como el blanco pero mas chiquitos”

Un fósforo. Quedan letras reconocibles en el papel quemado.


01 02 2010

SS (varón, 25 años?). Casi no nos conocemos, más que chateando. Nos conocimos en otro proyecto artístico, le ofrecí la desprogramación chateando, cuando vi sus últimas obras.
En serio: cuando vi sus obras.
Siento todo el tiempo que su mente consciente y subconsciente es hipercreativa e interfiere, constantemente trata de forzar los emergentes hacia algo familiar o a lo que pueda asignar significado.
Por supuesto, es mi opinión, pero me obliga a tomar postura, dado que estoy en el rol de guía y contención del ejercicio.
Me limito a monitorear seguido preguntando cuando hace silencios largos, pidiendo que siga cuando parece no pasar nada, y ayudando a dar las cosas por terminadas cuando temo que se agote a mitad de camino por darle cabida a la interferencia de su intención de hacer “que pasen cosas”.

Pierna Derecha: “algo negro” – “una especie de hombrecito absolutamente consumido, una asquerosidad…” – “encima se queja el hijo de puta” – “ahora está saliendo ella” – “ no sé qué es eso tercero” – “otro más” – “algo envuelto en un manto” – “el último resabio” – “siento algo cálido que quiere entrar” – “falta cada vez menos”. Lo ayudo a terminar.

Pierna Izquierda: “no sé porqué siento que en el izquierdo no hay nada, que estaba todo en el derecho” –le digo que no, que seguramente hay, pero tarda en salir- “sonrisas” – siente que ahí vamos hacia algún lado - “hiedras” – se intensifica mi sensación de estar llegando – “sonrisas, una gran planta” – “ramas sueltas” – “tierra” – “mucha sangre!” – “sigue saliendo sangre, casi no hace falta que sacuda” – “viento” – “listo”. Perfecto.

Usa cuatro fósforos.






















háganle click para agrandar, que está buenísimo