Siiiiiiiii!!!
Otro asco!!
De a poco va a ir mejorando, lo juro.
De hecho, si se fijan, casi todos los relatos tienen un final feliz.
... porque no hay magia sin empiria...
No sé... me embola escribir este tipo de cosas: me siento una especie de pedante que habla de lo que no sabe solamente para escucharse y ver si lo que piensa es consistente. Pero no he podido dejar de hacerlo, por un lado, y por otro son el contenido que considero mas importante de los relatos y experiencias que constituyen esta etapa del blog, así que no puedo dejar de ponerlo para dar sustento intelectual a lo que quiero contar. Una especie de machete teórico que supla la falta de talento narrativo, así como de interés por desarrollarlo.
Una de las modificaciones que trajo el tiempo al método de Ali fue la inclusión regular de símbolos de rei ki.
Al muy poco tiempo de empezar, Ali me pasó un par de ellos para usar en mi práctica de tarot o cuando quisiera. El primero fue el “Live Li”, que tomé como una especie de sello de protección contra lo que fuera que sean las “energías negativas”. Entendí que producía una especie de rechazo magnético sobre esta categoría vaga de cosas que podemos llamar “mala onda”.
Más tarde, me enteraría de que en realidad su función no es “rechazar” malas ondas, sino “devorar energías negativas”.
Remarco: las devora.
Me acostumbré a usarlo, un poco por supersticioso y un poco más por su sencillez: uno dibuja con un dedo en el aire o en una superficie un símbolo muy rudimentario, consistente en un triángulo, apoyado sobre un arco, y dentro del arco una punta de flecha hacia arriba.
Si un cartel en la ruta pudiera avisar “a 100 metros, medusas de mar gigantes”, probablemente usara este signo para representarlas.
Creo que en caso de visualizarlo, el manual indica que debe ser de color rojo.
Se aposta en cualquier lugar que uno quiera “proteger”.
Casi dos años después de que me pasara este símbolo, llega la modificación antedicha, y Alicia empieza a usar los signos regularmente en las sesiones.
El modo de aplicación es a través de una especie de “mazo de símbolos de rei ki “ que le confeccionó de motu propio otra paciente, dibujando cada símbolo por separado sobre un cartón de unos 10 x 20 centímetros.
Deja este mazo cerca y, apenas completa la relajación guiada, antes de empezar las visualizaciones, toma alguna de las “cartas” al azar, y dibuja este símbolo sobre el paciente.
Habitualmente, las visualizaciones guardan mucha consistencia con la razón de ser de cada símbolo.
Claro, esto lo sabe uno cuando sale de la relajación, abre los ojos y ve cuál símbolo se le aplicó. Se hace así por varios motivos, y uno muy expreso es evitar la contaminación de ideas que puede ocurrir cuando la persona conoce el símbolo que se le aplica.
En cierta época, había yo retomado la práctica de artes marciales. Como tenía ganas de “bajar a tierra” y salir de lo teórico de algunas como el kung fu, capoeira, etc., empecé con una disciplina mixta que incluye formas de contacto (impacto) pleno, junto con proyecciones, llaves, y lucha grecorromana o jiu jitsu.
En estas me fue muy útil el background de mi tempranísima (y brevísima) práctica de Ju Do, donde aprendí la importancia de mantener el cuerpo pegado al del contrincante para paralizarlo, aplastando con el propio pecho las iniciativas de movimiento del otro.
Todo lo que practiqué hasta ahora de jiu jitsu incluye mucho de esta cercanía, como si uno quisiera “planchar” al otro con el propio cuerpo.
Para esa misma época, ya habia tenido una gran cantidad de experiencias con Alicia, incluyendo al menos una (que recuerde ahora) muerte, mía, visualizada y un par de vivencias de “sacarme cosas de adentro” de extraordinaria crudeza visual y emocional.
Pese a lo doloroso de estas experiencias (visualizaciones), se mostraron siempre necesarias en el momento, y provechosas al corto plazo. Así que, mal que mal, mis propias reticencias a “cortar por lo sano” iban desapareciendo con la práctica.
En esta sesión en particular, todavía había grandes resistencias de ciertos aspectos míos que preocupaban a Ali, que por algún motivo los llamaba mi “fijación con lo siniestro”.
Lo de “por algún motivo” es un chiste. Sé bastante bien lo que había en mi mente y corazón por esa época, y era siniestro.
Parte de eso será motivo de otro artículo.
Lo que importa ahora es que el devenir de esta sesión estuvo lleno de vaivenes, retorcimientos y sensaciones permanentes de estar evitando algo, hasta que de repente la imagen se transformó absolutamente, y me encontré mirando de frente el fondo de un charco poco profundo.
El lecho era marrón, el agua transparente, y hacia mi cercanía había una especie de barrera de negrura.
Al rato de presenciar esa imagen (la percepción del tiempo es a veces diferente durante una visualización) me doy cuenta de tres cosas: uno, no era un charco, sino alguna especie de agua más profunda.
Dos: yo era ese paisaje: el agua, el lecho y la barrera de negrura, todo era yo.
Tres: no estaba solo. Había alguien más en el fondo del lecho.
Nos estuvimos mirando un rato frente a frente, él desde el fondo del lecho y yo desde afuera.
No tenía casi nada de humano, excepto un algo en la mirada. Sus ojos eran dos manchas negras como gotas de tinta en una protuberancia en el lomo, que perfectamente podría haber tenido un cerebro rudimentario, quizás algo más que reptiloide. Brillaba en esa mirada una inteligencia no humana pero con propósito, con intención definida y tenaz.
No pude dilucidar cuál, y eso me producía cierta ansiedad.
Era una especie de manta raya de color perla lechoso, con dos aletas tubulares como tentáculos o bigotes y una cola partida.
Me miraba con esa percepción a la vez nítida y limitada que le adivinaba, y tanteaba la barrera de oscuridad que, de alguna manera, separaba ese lecho de arroyo que era yo, de otra parte de mí, que permanecía fuera de mi vista.
Sentí rechazo y antipatía por todo: por esa figura babosa que me tanteaba, por mi propia oscuridad, por el intento de este bicho inhumano de entrar y por el mío propio de mantenerlo fuera de no entendía bien qué espacio mío.
Se lo comento a Ali y ejecuto algo así como un parpadeo mental, que el bicho aprovechó plenamente: cuando vuelvo a fijar la atención en él, se había de alguna manera colado a través de la barrera de oscuridad y estaba exactamente en frente mío.
Se me arrojó encima de la misma forma en que yo había reaprendido a arrojarme sobre mis contrarios: sin darme ninguna oportunidad de nada y envolviéndome con su cuerpo, eliminando toda distancia y dominando la situación antes de que pudiera yo reaccionar de ninguna forma.
Literalmente, me puso una plancha de jiu jitsu.
Tras lo cual, comenzó a fundirse conmigo: atravesó mi piel rápidamente y empezó un proceso, mucho más lento, de filtrarse a través de mis huesos, especialmente mi cráneo, esternón y costillas.
Con el conocimiento de la práctica, supe simultáneamente que no tenía manera de defenderme, y que estaba bien que no la tuviera.
Una parte mía, desde el fondo de mis huesos, gritaba, sabiendo que iba a morir. Y otra parte mía suspiraba resignada, sabiendo que si algo de mí moría en este lugar, en esta circunstancia, es porque así debía ser. Mayores porciones mías habían muerto ya, en el ejercicio terrible de transformación que es la terapia para los muy necesitados.
Los ojos del pez todavía me miraban decididos, inexpresivos, a la cara, mientras seguía hundiéndose en mi pecho y matando algo de mí.
Agotado, salí del trance de visualización y Ali se manifestó muy contenta con el trabajo de ese día.
Tras más de dos años de lucha me dijo con claridad que, por primera vez, ya no estaba preocupada por mi fijación con lo siniestro: este día habíamos hecho lo decisivo para que no volviera a ser un problema nunca más. Me mostró el símbolo que me había aplicado al comienzo de la sesión.
Estaba, clarísima, la cabeza triangular de una manta raya, las aletas, la cola partida.
Desde entonces, la naturaleza de mis visualizaciones dió un vuelco radical, del que ya hablaré.
Y ahora, cada vez que planto el live li, en vez de sentirme colgando un cartelito, siento que invoco un temible, muy temible perro guardián, y lo imagino serpenteando por las superficies protegidas, manteniendo limpio el lugar, cazando, predando.
Devorando.
Ouspenky dice que los seres humanos tenemos cuatro “cerebros” o centros de procesamiento de diferentes áreas o actividades: el intelectual, el emocional, el motor y el instintivo.
Dice también que cada uno es treinta mil veces más rápido que el anterior, o sea que los procesos de un centro son imperceptibles para el que le sigue.
Y dice que el intelectual es el más lento de todos.
Toda mi vida estuve particularmente interesado en un tipo de experiencias que llamo "existencialistas", por basarse en la pregunta exacta de qué es la vida y la existencia. No las preguntas de cuál es su sentido o para qué estamos, sino lo previo a ellas: el "qué es esto?".
Estas preguntas me llevaron a estudiar antropología y psicología por un lado, y a tener una variedad de experiencias, desde drogas hasta formas de meditación, por otro. Mi gusto por la práctica deportiva o cierta sensualidad de mi carácter implican que tienda a relacionar mucho todo lo perceptual a nivel psíquico e intelectual con lo sensorial, lo material y todo lo vinculado al cuerpo.
Todo lo psíquico para mi está enraizado o involucrado con lo físico, no obstante lo cual mi aproximación a las cosas fue racionalista durante muchísimos años, en general desde una actitud que intenta demandar a la realidad que tenga una coherencia aprehensible para el intelecto, so pena de no creer en ella.
Este tipo de actitudes se paga en los hechos, claro.
Tras una larga vida de excesos, desde el primero de noviembre de 2006 soy portador de hiv. Esto determinó que me volcara fuertemente a la terapia introspectiva y la reformulación de vastas porciones de mi psique en busca de un equilibrio menos autodestructivo, lo que me llevó a retomar este tipo de interrogantes, ya no desde una perspectiva tan intelectual como lo fuera al principio, sino desde una serie de técnicas que permiten el abordaje de la cuestión existencial desde espacios no racionales. Puede parecer exagerado o fuera de escala, pero no.
Estos espacios no racionales demostraron una tangibilidad sorprendente, así como una gran consistencia y aparente coherencia.
Lo más destacable es que esta tangibilidad, contrariamente a la creencia general (o al menos a la que yo sostenía), determina que las experiencias que titulo "místicas" sean, más allá de la incertidumbre de todo existencialismo, tan claras y contundentes como las experiencias cotidianas: repetidas veces vienen cargadas de sensación, sentimiento, ideas, simbolismos fuertemente significativos y relaciones muchas veces inexplicables pero evidentes con el resto de mi vida y contexto.
La práctica de tarot y meditación se volvieron partes normales de mi vida, la reflexión sobre los arquetipos y la variedad de la experiencia vital también, sirviendo de vehículo a un montón de experiencias y anécdotas.
Estas experiencias son, repito, contundentes. Independientemente de lo subjetivo y extra cotidiano de su naturaleza son vivencias absolutamente concretas y contienen una gran fuerza vinculada al desarrollo de mi cotidianeidad. En este sentido, a veces pueden parecer hasta prosaicas de interpretar, o al revés, una poetización espontánea de algo absolutamente corriente.
Durante casi tres años, me concentré en un eje temático que aglutinaba los temas sensaciones (físicas) en el pecho - elaboración de la enfermedad de mi padre - relación con ambos padres - maduración personal - elaboración del cáncer y muerte de mi primo - elaboración de mi propio hiv, y produje un buen montón de páginas de reflexiones.
Todo ese tiempo, entiendo hoy, mi parte intelectual estuvo supliendo deficiencias generales del total de mi ser, lo que me llevó a intentar elaborar todo desde esa misma área (la intelectual).
Esto me permitió, dado que lo intelectual y la palabra están íntimamente vinculados, dejar registro escrito del proceso de elaboración de estas cosas.
Pero en cierto momento se hizo evidente que, si debía pararme a pensar las cosas lo suficiente para describirlas/escribirlas, debía también detener la marcha de las cosas mismas.
Escribir y pensar es más lento que vivir.
Me acompañaba constantemente un sentimiento de espera, de estar incompleto y eternamente esperando la señal para comenzar mi vida.
Llegó el día en que decidí soltar lastre y perder la oportunidad de documentar este proceso, esperando ganar a cambio la posibilidad de terminarlo o, por lo menos, aligerarlo y atravesar más rápido las etapas dolorosas del mismo.
Fue un momento clave en la continuación de mi paso del racionalismo al empirismo o fenomenología, y la aventura del autodesarrollo.
Los temas que atravesé desde que dejé de escribir hasta ahora tuvieron que ver con la sexualidad, el miedo, el enojo hacia mis padres y familia, con la aceptación del presente y con la capacidad de sentir y de entregarme al sentimiento y al discurrir de la vida.
Los contenidos de la arcania se demostraron muchas veces útiles a tal fin, y muchas veces más, vinculados más allá de la posibilidad de "usarlos" concientemente como herramientas. Son parte del paisaje en el camino de transformación que vengo recorriendo, a veces imponentes y dramáticos, a veces lejanos, a veces incomprensibles pero claramente presentes.
Hoy, encuentro interés en retomar el ejercicio de describir y reflejar emis experiencias desde la palabra escrita.
Las páginas que vengan en el futuro, son el intento de compartir la vivencia, la reflexión, y el interrogante. La intención final es alcanzar aseveraciones intrinsecamente objetivas, y pasibles de intersubjetividad. Del tipo que alcanza coherencia y resonancia en los "cuatro cerebros" al mismo tiempo.
Algunas cosas de las que cuente ya están cerradas y permiten sacar una conclusión. Aconsejo, como todo existencialista, evitarlo.
Otras están en pleno proceso así que al terminar la lectura espero que se queden con una sensación de que "esto no cierra...".
Como me pasa a mí.